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DOCUMENTOS

La campaña del Perú - Por Samuel W. Medrano (1899-1977)

La Independencia del Perú

1.- LA FINANCIACIÓN DE LA EMPRESA

Culminada la campaña de Chile, San Martín se apresuró a viajar de nuevo a Buenos Aires y el 13 de abril salía de Santiago para repasar la cordillera y realizar de nuevo la larga travesía. Debería replantear ante Pueyrredón y los prohombres de la Logia en Buenos Aires los planes elaborados después de Chacabuco, que la invasión de Osorio había postergado y la gestión de Manuel Aguirre y Gregorio Gómez, enviados a Norteamérica para adquirir navíos, demoraba todavía más.

Pueyrredón le esperaba dispuesto a recibirle con los grandes honores que reclamaba la gloria del vencedor de Maipú: "Sin embargo de que usted me dice que no quiere bullas ni fandangos –le escribió en una carta que recibió en el viaje- es preciso se conforme a recibir de este pueblo agradecido las demostraciones de amistad y ternura con que está preparado". Pero San Martín. siempre esquivo, evitaba las aclamaciones y el 11 de mayo entraba a la ciudad sin aviso previo, a la hora del alba. Yendo directamente a su casa donde le aguardaban María de los Remedios y su hijita, a quienes no veía desde aquella mañana de Mendoza, hacía más de un año, cuando se despidió de ellas para conducir su ejército a través de la cordillera.

Estuvo en Buenos Aires poco más de un mes. Pero si pudo evitar la efusión popular del recibimiento le fue imposible substraerse a los honores oficiales. El 17 de mayo debió asistir a la sesión extraordinaria que el Congreso acordó celebrar para expresar públicamente la gratitud de la Nación al vencedor de Maipú.

La ciudad se había engalanado para adherir a la solemne ceremonia y se volcó sobre las calles del breve recorrido que haría la comitiva desde el Fuerte hasta la Casa Nacional, sede de la Soberanía, en el antiguo local del Consuladosobre la misma calle que ahora se llama de San Martín.

El general de los Andes, de gran uniforme. adelantaba su figura marcial al lado del Director Supremo. y la multitud que lo contemplaba aplaudiendo su paso debió comprender enternecida, en aquella hora de emoción y de gloria, el significado cabal de la misión que ese hombre estaba realizando con un fervor tan intrépido e indeclinable en el propio sacrificio como tenaz e intransigente en el reclamo con que llamaba a compartirla. Porque en el corazón del pueblo era ya San Martín algo más que el extraordinario ejecutor de las proezas militares y veía en él al símbolo de los grandes ideales que le habían movilizado, al héroe que encarnaba la esperanza y los anhelos de la Revolución.

Ahora su sola presencia era un llamado a proseguir la obra todavía inconclusa y casi un reproche que hacía acallar las disidencias y pasiones que la retardaban, pues todos sabían que en el éxito de su empresa estaba la aspiración más auténtica y profunda del pueblo. Por eso alcanzaron vigorosa expresión las palabras con que saludó a San Martín en la reunión de la Asamblea el presidente de turno don Matías Patrón: "La Patria se gloria por la victoria obtenida y sus consecuencias, y no es menor su satisfacción al esperar de vuestro valor y vuestra constancia, iguales y mayores glorias sobre los peligros que restan arrostrar".

San Martín estaba ansioso por terminar rápidamente el cometido que le. había traído a Buenos Aires. Tenía ante el gobierno y los "amigos" de la Logia un inmenso prestigio y no hay duda que supo aprovecharlo. Su autoridad pesó decididamente en los acuerdos que se adoptaron para cooperar en el plan continental. Era necesario acelerar la formación de la escuadra para librar de enemigos al Pacífico y hacer posible la expedición a Lima: debían ser reforzados los efectivos del ejército con nuevos reclutas y oficialidad competente; había que suministrar armamentos, vestuarios, caballadas; y todo eso requería urgente financiación. San Martín expuso concretamente sus demandas, allanó objeciones, explicó de nuevo la trascendencia de su empresa, enfrentó al ceñudo doctor Tagle y convenció a todos, primero a los amigos, y después

a Pueyrredón en su chacra de San Isidro.

Había dificultades indudables, que se irían complicando cada vez más y, en primer lugar, estaba la penuria financiera que desesperaba a Gascón, ministro de Hacienda, y amargaba la vida del Director Supremo, que debía multiplicarse para atenderlo todo. El gobierno tenía que responder a las exigencias del frente del Norte continuamente amenazado por La Serna, y estar a la mira de la situación creada en la Banda Oriental por la invasión portuguesa, que en cualquier momento a pesar de su actual actitud pasiva podía plantear una crisis de atención inmediata. Además, se venía temiendo con fundamento la realización de la gran amenaza de Fernando VII, que preparaba en Cádiz un ejército a órdenes del conde del Abisbal para invadir el Río de la Plata.

Pero San Martín fue perentorio y convincente. El 16 de junio tomaba la galera para volver a Mendoza, esta vez en compañía de Remedios y Merceditas. Llevaba además las promesas del gobierno de realizar un empréstito forzoso de quinientos mil pesos durante los próximos cuatro meses destinado a las necesidades de la expedición.

En realidad, desde al año anterior habían comenzado las gestiones para la adquisición de la escuadra. San Martín comisionó a Álvarez Condarco, primero y después a Álvarez Jonte para que fueran a Londres con ese objeto, Manuel Aguirre y Gregorio Gómez por otra parte, viajaron a Norteamérica para contratar barcos de guerra por cuenta de los gobiernos argentino y chileno. Se irían adquiriendo, además, algunas naves que se ofrecieran en el Río de la Plata o en Valparaíso. Buscábase también un almirante para la futura flota: desde Europa vendría lord Cochrane. En cuanto a los preparativos militares, San Martín confiaba en O'Higgins y en la terminación de la guerra en el sur de Chile, donde prolongaban su resistencia los realistas, ahora a órdenes del general Sánchez: sabía también cuánto habría de rendirle, para remontar su nuevo ejército, el inextinguible celo de su amada provincia de Cuyo, siempre en manos de sus adictos Luzuriaga, La Rosa y Dupuy. En Buenos Aires había comprado armas y pertrechos de guerra.

Volvía, pues, satisfecho de su viaje. Comprendía las razones del gobierno y los aspectos diversos de la situación general, pero ya había hecho su opción frente a esos problemas y por eso la había auspiciado con tanto empeño. La expedición a Lima significaba resolver el máximo problema; era la conquista de la independencia de América, que por añadidura daría al gobierno la fuerza y los medios de resolver las otras cuestiones. No sólo el patriotismo y la fidelidad a los principios adoptados indicaban este camino sino también el buen senado y las conveniencias del mismo gobierno. Por eso, con optimismo estimulante, había escrito a O'Higgins antes de partir: "El empréstito de los quinientos mil pesos está realizado. Hágase por ese Estado otro esfuerzo y la cosa es hecha. Sobre todo auméntese la fuerza lo menos hasta nueve mil hombres, pues de lo contrario nada se podrá hacer. Prevengo que en los quinientos mil pesos va inclusa la cantidad del valor de cuatro mil quinientos vestuarios destinados para el ejército de los Andes. Póngase usted en zancos y dé una impulsión a todo para que haya menos que trabajar. De lo contrario yo me tiro a muerto".

La cordillera estaba cerrada cuando llegó a Mendoza y debió aguardar allí la buena estación. Pero a fines de agosto Pueyrredón le escribía una carta desoladora. El empréstito fracasaba. "No hay numerario en plaza - agregaba el 2 de septiembre-, es imposible el medio millón aunque se llenen las cárceles y cuarteles". Ante la primera noticia, San Martín que conocía cuánto debía jugar en la emergencia reaccionó con violencia inesperada: envió su renuncia de Director Supremo. Si el ejército no era socorrido no solamente no podría emprender operación alguna sino que estaba muy expuesto a su disolución. Además su salud era muy mala y su médico, el doctor Colisberry, no le daba ni seis meses de existencia, y habiendo variado las circunstancias rogaba se le admitiera la renuncia. Y a Guido, a su entrañable Guido, que seguía la negociación desde Chile, le explicaba que el Director como jefe del Estado y como amigo había sancionado el auxilio pedido . El incumplimiento era cuestión de honor: "Yo no quiero ser juguete de nadie", terminaba. La renuncia cayó en Buenos Aires como una bomba. Volvieron a reunirse los prohombres del Congreso y los amigos. Pueyrredón, recapacitando sobre su actitud anterior tal vez un poco débil frente a los comerciantes, metió a todos en un puño, apretó terriblemente y consiguió exprimir hasta 300.000 pesos. Zañartú, ministro de Chile, le explicaba a O'Higgins la situación: "El empréstito se lleva a cabo porque la Logia no se detendría por consideración alguna que se oponga a la realización del fin. San Martín ha dado un golpe maestro". Y es que la autoridad de San Martín seguía siendo incontrastable. Le volvió a escribir a Guido: "Todo eso ha mejorado mi salud y sólo espero un poco más de tiempo para que venga todo el dinero y marcharme a ésa aunque sea muriéndome".

2.- Un manifiesto a los peruanos

Y ya estaba al pie de su mula, con el fiel padre Bauzá, su capellán y administrador privado que le acompañaría hasta Santiago, cuando a fines de octubre recibió una visita importante: nada menos que el prominente logista Julián Álvarez venía a verle en persona de parte de los amigos, tan delicada era la nueva que debía participarle. Se había decidido en los consejos de Buenos Aires enviar a Europa al talentoso canónigo Valentín Gómez, como diputado del gobierno para gestionar ante el Congreso de los Soberanos, reunido en Aix-la Chapelle, el reconocimiento de la independencia del país sobre la base del establecimiento de una monarquía constitucional en el Río de la Plata. Pueyrredón le había escrito también, el 24 de septiembre, con ingenuo entusiasmo, sobre este negocio de cuyo éxito a su juicio dependía la salvación del país: "Él sólo va a terminar la guerra y asegurar nuestra independencia de toda otra nación extranjera; por él haremos que al momento evacuen los portugueses el territorio oriental".

San Martín escuchó con mucha atención al secretario de la Logia: tampoco le disgustaba a él una solución monárquica siempre que tuviera por base la independencia: sobre ello habían conversado los amigos en la chacra de Pueyrredón, durante la reunión de junio. Pero sin duda pensó que si esa solución podía adoptarse en el Río de la Plata, para hacerla viable en toda América debía conquistarse antes la libertad del Perú. Además, algo le dejó una espina mordiente. Cuando Álvarez viajaba para Mendoza divisó en lontananza al cruzar la frontera de Santa Fe a una partida de jinetes, que, a no dudarlo, venían a registrar su galera. "Eran los montoneros - explicó con el lenguaje de los doctores de Buenos Aires- y no había tiempo que perder". Y el buen don Julián, antes de que llegaran, había hecho detener el carruaje y con los documentos de la negociación monárquica hizo una pira y los quemó. ¿No era ése un proceder semejante al de quien destruye la prueba de un delito? ¿Estaría acaso esta negociación destinada a ahondar la gran crisis abierta por la divergencia del Litoral?

San Martín con el buen franciscano siguió viaje a Chile. Dejaba a su Remedios convaleciente de un nuevo contratiempo tenido a poco de llegar a Mendoza. En Santiago tuvo una excelente noticia. La naciente escuadra chilena -habían llegado ya varios de los buques contratados- daba los frutos esperados. El coronel Blanco Encalada, improvisado almirante, acababa de apresar en Talcahuano a una fragata española, la Reina María Isabel, magnífica presa que venía a engrosar la flota.

En su atareado bufete de la casa del Obispado, San Martín recomenzó su actividad. La minuciosa, concreta y permanente faena de la empresa peruana. Hacia tiempo, desde antes de su viaje a Buenos Aires, habíala iniciado con sus métodos habituales. Iban y venían mensajes hasta Lima o Arequipa o al Callao; informaciones, libelos, cartas misteriosas, anónimos. Todo pasaba bajo su mirada infatigable. Las cosas iban bien. Quizá pudiera comenzarse en esta estación, apenas llegara el famoso lord Cochrane.

Entre tanto, el 13 de noviembre. Escribió un manifiesto a los peruanos en que se presentaba como su Libertador: "Mi anuncio no es el de un conquistador que trata de sistematizar una nueva esclavitud. Yo no puedo ser sino un instrumento accidental de la justicia y un agente del destino. El resultado de la victoria hará que la capital del Perú vea por la primera vez reunidos a sus hijos eligiendo libremente su gobierno y apareciendo a la faz de las naciones del globo entre el rango de las naciones".

Pocos días después, el 28 de noviembre, llegaba a Valparaíso lord Alejandro Cochrane. precedido por la fama resonante de sus acciones navales en la guerra contra Napoleón. Álvarez Condarco, en Boulogne-sur-Mer, habíalo convencido fácilmente a enrolarse en la gran aventura que para él significaba participar en la contienda americana. Servía de esta manera a sus propios ideales y a las conveniencias de su país a quien sabía interesado en la libertad de la América española. Era una nueva ocasión para el noble lord e iguales motivos habían decidido a otros marinos ingleses - Wilkinson, De Guise, O’Brien, Forster- a comandar los barcos de la armada independiente.

Mecíanse ya en el puerto de Valparaíso, en airoso conjunto, las fragatas, corbetas y bergantines, y el 14 de enero de 1819 Cochrane saldría rumbo al Callao para hacer su primer crucero por el Pacífico y combatir a la flota española que hasta entonces no había tenido oposición alguna. La iniciación de la guerra marítima era la etapa indispensable de la expedición al Perú. Pero en algunos aspectos las cosas no marchaban bien. Prolongábase la guerra en el sur. adonde se había enviado al general Balcarce, que debía habérselas a un mismo tiempo con realistas y montoneros. Además, el gobierno de O’Higgins era jaqueado por una oposición creciente y se hallaba prácticamente paralizado por falta de recursos o de energía para conseguirlos; incluso podía acusarse algún desgano en la realización de los aprestos del ejército, que San Martín urgía sin descanso. Advertíase en ciertos círculos notoria animadversión hacia determinados elementos del gobierno que fue necesario desplazar; y reaparecían peligrosamente algunos restos del partido carrerino cuyas aspiraciones promovía desde Montevideo José Miguel Carrera, que clamaba venganza por la ejecución de sus hermanos Luis y Juan José realizada en Mendoza poco después de la batalla de Maipú, triste final de una funesta aventura. El Director Supremo de Chile, fraternalmente unido a San Martín, sufría más que ninguno estas dificultades, pero se veía obligado a considerarlas a pesar de ser. por otra parte, el primer interesado en cooperar con la fuerza que era su más firme sostén. San Martín pintaba a Pueyrredón esta situación con sombríos colores y le instaba a aumentar sus auxilios.

3.- San Martín y la crisis directorial

En este final del año 1818 era mucho peor la crisis política en las Provincias Unidas. El gobierno y el Congreso se habían embarcado decididamente en la negociación monárquica cuyos detalles refirió Julián Álvarez a San Martín en la entrevista de Mendoza. Pero adoptaban esa determinación en plena lucha con las provincias del Litoral, que el Directorio había reabierto con imprudencia incalculable, sin parar mientes en sus consecuencias ni en el pábulo que daba a la política de Artigas, pertinaz en su postura federalista y en su exigencia de no aprobar ningún avenimiento mientras el gobierno de Buenos Aires no declarara la guerra a Portugal, invasor del territorio nacional desde 1816. En realidad, el proceso federalista estaba abierto en el Litoral desde antes de la revolución de 1816 y Álvarez Thomas primero y después Pueyrredón se empeñaban en sofocarlo. Mucho había maniobrado el Director Supremo con comisionados y tropas sobre Santa Fe y Entre Ríos, durante los dos últimos años, pero el resultado, entre otras consecuencias adversas a sus fines, había sido promover la aparición de dos fuertes caudillos, Estanislao López y Francisco Ramírez, que ahora se presentaban como abanderados de un auténtico programa federal y, sobre todo, como intérpretes de la oposición de los pueblos a la actitud del gobierno central ante el invasor portugués y al plan monarquista que era una claudicación. Santa Fe era la posición clave y por eso resultaba indispensable dominarla para vencer en la nueva campaña, que Pueyrredón decidió abrir en agosto de 1818 enviando contra su territorio al general Juan Ramón Balcarce, que avanzó hasta el Rosario; y al general Belgrano, que desde Tucumán destacó una división al mando de Bustos para amagar desde Córdoba a la rebelde provincia. Pero ni Balcarce ni Bustos pudieron hacer nada efectivo contra el caudillo santafesino. que les hizo una guerra de montonera. terriblemente eficaz aunque debiera retroceder casi siempre ante las tropas regladas, que sólo encontraban ante sí la tierra asolada y la airada protesta campesina. Así comenzó, en medio de esta guerra civil, el año 1819. Belgrano había debido trasladarse a la frontera de Córdoba para asumir personalmente el mando del ejército, mientras Balcarce era reemplazado por Viamonte en la dirección de las fuerzas de Buenos Aires.

Entre tanto llegaban de Europa noticias alarmantes sobre la expedición española que proyectaba enviar Fernando VII, y con el pretexto de este peligro e invocando las cartas que recibía de San Martín sobre la inacción del gobierno chileno, demorado en su cooperación a la expedición sobre Lima, el Directorio envió a San Martín, el 27 de febrero, la orden de repasar la cordillera con el ejército de los Andes y situarse en Mendoza a la espera de nuevas instrucciones. Pero cuando esta orden viajaba para Santiago el general se había trasladado a Mendoza desde su acantonamiento en Curimón, enviándole antes una nota a O’Higgins en la que le decía: “La interrupción de correos que hace más de un mes se experimenta con la capital de las Provincias Unidas, las noticias que me suministra el gobernador intendente de la Provincia de Cuyo con respecto a la guerra de anarquía que se está haciendo en las referidas provincias por parte de Santa Fe, me han movido como un ciudadano interesado en la felicidad de la América, a tomar una parte activa a fin de emplear todos los medios conciliativos que están a mis alcances para evitar una guerra que puede tener la mayor trascendencia a nuestra libertad. A ese objeto he resuelto marchar a dicha provincia de Cuyo, tanto para poner a ésta al cubierto del contagio de anarquía que la amenaza, como de interponer mi corto crédito, tanto con mi gobierno como con el de Santa Fe, a fin de transar una contienda que no puede menos que continuada ponga en peligro la causa que defendemos. El general Balcarce queda encargado del mando del ejército de los Andes. V.E. podrá nombrar para el de Chile el que sea de su superior agrado; tendré la satisfacción de volver a ponerme a la cabeza de ambos ejércitos luego que cesen los motivos que llevo expuestos y que los aprestos para las operaciones ulteriores que tengo propuestas y confirmadas por V.E. estén prontos”. Evidentemente San Martín veía cada vez más claro en las causas y en las consecuencias de la guerra civil argentina; en la guerra de anarquía como él y los amigos la llamaban. ¿Cómo no había de inquietarse ante la tremenda perspectiva de una lucha en la que el Directorio de Buenos Aires no vacilaba en dejar desguarnecida la frontera del Norte, siempre amenazada por el ejército de La Serna? ¿Cómo no había de ver el peligro que ella implicaba para la causa americana?

Su decisión fue terminante y, como siempre. puso el interés de la patria por encima de sus propias convicciones, comprometidas sin duda con los amigos de la Logia de Buenos Aires en más de uno de los capítulos enrostrados por “los anarquistas”. Y desde Mendoza, el 13 de marzo, se dirigió a Estanislao López pidiéndole aceptara la mediación que el gobierno de Chile, a indicación suya, había interpuesto entre el Director Supremo de las Provincias Unidas y el gobernador de Santa Fe, a fin de llegar a un acuerdo que hiciera cesar la guerra. El mismo día y con igual instancia se dirigía al general Artigas. Le decía a Estanislao López en esta carta famosa: “Unámonos, paisano mío, para batir a los maturrangos que nos amenazan; divididos seremos esclavos; unidos estoy seguro que los batiremos; hagamos un esfuerzo de patriotismo, depongamos resentimientos particulares y concluyamos nuestra obra con honor: la sangre americana que se vierte es muy preciosa y debía emplearse contra los enemigos que quieren subyugarnos”. Y es a López, e igualmente a Artigas, a quienes dirigió en esta misma carta aquella advertencia: “Mi sable jamás saldrá de la vaina por opiniones políticas”. Esta actitud de San Martín ante los caudillos del Litoral ha de contarse sin ambages entre las decisiones más notables de su intervención en el problema político argentino y por ello corresponde señalar su trascendencia en la crisis final del régimen y medirla por la significación nacional de quien tuvo la extraordinaria entereza de producir un acto que era una clara definición histórica. Por mucho que San Martín estuviera vinculado al equipo gobernante; por más que compartiera la responsabilidad de sus planes como gran dirigente de la Logia, y por poco que le gustara, según expresó más de una vez, la solución federativa, no pudo permanecer indiferente ni sordo ante la guerra civil, ni su visión penetrante de las cosas podía dejar de advertir la realidad y características del drama político y social que se estaba desarrollando en su tierra y que los ideólogos se empeñaban en no ver. Por eso hizo cuestión de patriotismo al promover y favorecer la mediación chilena entre los partidos en lucha. E hizo más: desahució rotundamente a quienes contaban con el prestigio de su espada para dirimir la contienda. Se ha dicho que estas cartas no llegaron con oportunidad ni a López ni a Artigas porque las interceptó Belgrano en la frontera de Córdoba; pero sin duda alguna por esta misma

causa llegaron a conocimiento del gobierno de Buenos Aires, que era en definitiva el verdadero destinatario. Es seguro que desde entonces comenzó a pensar el doctor Tagle en el relevo de San Martín; y de todos modos el Director Supremo no había querido ni siquiera recibir a la comisión mediadora del gobierno chileno formada por el coronel Cruz y el regidor Cavareda. La mediación, advirtióles Pueyrredón, “es desagradable a este gobierno y da al caudillo de los orientales una importancia que él mismo debe desconocer por su situación apurada”. Pero lo cierto es que las cartas de San Martín a Estanislao López y a José Artigas son del 13 de marzo y que el 5 de abril se acordaba entre las fuerzas de López y Viamonte un armisticio, que era ratificado formalmente en San Lorenzo el día 12 de abril por los representantes de Santa Fe y el delegado del gobierno central, Ignacio Álvarez Thomas. Belgrano comunicó la firma del armisticio a San Martín y éste le contestó el 17 de abril: “Este pueblo ha recibido el mayor placer con su noticia, esperanzados todos en que se corte una guerra en que sólo se vierte sangre americana”. En Buenos Aires no pensaban de la misma manera; y el equipo directorial no habría de perdonarle nunca su actitud.

4.- La “desobediencia”

Cuando San Martín tomó esta resolución trascendental había ido a Mendoza desde su campo en Curimón con el propósito de llegar hasta San Luis para cerciorarse de las verdaderas proporciones de una sublevación promovida por los prisioneros españoles allí confinados y entre los cuales se contaban los jefes que se habían rendido en Maipú: Ordóñez, Morla, Primo de Rivera, Morgado y otros. Se habían alzado contra el gobernador Dupuy y estuvieron a punto de matarle; pero fracasaron y la represión fue terrible y sangrienta, fueron todos ellos muertos o ajusticiados. Tenía motivos para sospechar una conexión entre aquel hecho y la reaparición de José Miguel Carrera y Carlos Alvear, que se había unido al caudillo chileno en la actividad difamatoria contra el Directorio y especialmente contra él y O’Higgins. Ahora se hallaban ambos en el campo de Ramírez, en Entre Ríos, esperando sacar cada uno su especial provecho de la guerra civil, porque la lucha de los gobernadores del Litoral contra la política del gobierno de Buenos Aires envolvía en la intención siniestra de aquéllos a San Martín y O’Higgins que se hallaban comprometidos en ella. Con anterioridad se había descubierto en Buenos Aires una conjuración fraguada por Carrera y su círculo, en la que se mezclaron algunos aventureros franceses que fueron detenidos cuando emprendían viaje a Chile, y el plan era asesinar a O’Higgins y a San Martín e insurreccionar el país para entregarlo a la facción de Carrera. Pero los franceses y sus cómplices pagaron con la vida la intentona y poco después de la sublevación de San Luis fueron fusilados en Buenos Aires, mientras O’Higgins perseguía con mano dura a los carrerinos exiliando a muchos de ellos a la isla de Juan Fernández. Y fue en Mendoza, disipados los presuntos peligros que estos hechos configuraban, donde San Martín recibió aquella orden que el Directorio había enviado el 27 de febrero para que el ejército de los Andes repasara la cordillera. El general la trasmitió a Balcarce, el cual adoptó enseguida disposiciones para cumplirla ante la gran alarma de O’Higgins y del Senado chileno que se apresuraron a escribir a Buenos Aires pidiendo su revocación. Además el gobierno estaba alarmado con la situación en el Norte e insistía el 25 de abril ante San Martín, ordenándole que una vez llegado su ejército a Mendoza pasara sin dilación a Tucumán a defender esa frontera. Pero el 1º de mayo había contraorden: se disponía ahora suspender la marcha, el ejército quedaría en Chile, se activarían los preparativos sobre Lima. Puede ser tedioso pero es necesario puntualizar esta cronología. ¿Qué significaba todo esto? ¿Qué motivaba estas órdenes y contraórdenes, estos cambios de rumbo al parecer precipitados? Así habría de suceder en todo el año 1819 y ellas no sólo enunciaban la vacilación provocada por la crisis interna sino la real incertidumbre sobre la tremenda amenaza de la invasión española. Los hombres del gobierno vivían sin duda una dramática situación y aquel peligro se abatía constantemente en los consejos del Director Supremo como un fatídico fantasma. Sabíase positivamente que en el ejército de Cádiz había fuertes focos de rebeldía y el propio Directorio tenía allí agentes que contribuían pródigamente a fomentarlos; los liberales españoles preparaban un movimiento contra Fernando para obligarle a deponer su absolutismo y aceptar la constitución de 1812; pero la esperada sublevación no se producía y llegaban de pronto a Buenos Aires noticias alarmantes que ponían en tensión los espíritus, aunque muy luego fueran desvirtuadas por las siguientes informaciones. Y por cierto era fundado el temor que debía producir una fuerza atacante de 20.000 hombres para cuyo tranquilo desembarco en Montevideo ni siquiera podía descartarse la complicidad de Portugal. Pero no hay duda que el armisticio de San Lorenzo contribuyó tanto como la última noticia halagüeña recibida de Cádiz, a la suspensión de la orden dada a San Martín de repasar los Andes y, por otra parte, la amenaza de verse desamparado movió al gobierno chileno a pedir al de Buenos Aires quedaran por lo menos 2.000 veteranos para que con otros tantos que se comprometía a reclutar fueran la base de la expedición al Perú. Mientras O’Higgins se entregaba con renovado entusiasmo a extremar su cooperación, en Buenos Aires se aprovechaba la paz del armisticio para sancionar el 22 de abril la constitución que venía preparando el Congreso, aquella famosa Carta de 1819 que consagraba el régimen unitario y centralista y de la cual el deán Funes. su docto sostenedor, había dicho repitiendo a Sieyés que no establecía “ni la democracia fogosa de Atenas ni el régimen monacal de Esparta ni la aristocracia patricia o la efervescencia plebeya de Roma ni el gobierno absoluto de Rusia ni el despotismo de la Turquía ni la federación complicada de otros estados”... Aunque lo que sí establecía, sin duda alguna, era un sistema fuertemente conservador y aristocrático, que descartaba la federación reclamada por el Litoral y se prestaba en cambio. maravillosamente, a ser la Carta que debía jurar el príncipe que Bernardo Rivadavia y Valentín Gómez andaban buscando en Europa. Pueyrredón renunció a su cargo el 9 de junio. Era la tercera dimisión que formulaba y debió aceptársele. El l0 de junio prestaba juramento el nuevo Director Supremo, general José Rondeau. Pero la constitución de 1819 tenía que precipitar la gran crisis planteada por la divergencia federalista y, además, el armisticio de abril amenazaba romperse en cualquier momento porque para establecer una paz permanente Artigas exigía al Director Supremo definiera la cuestión oriental declarando la guerra a los portugueses. San Martín asistía desde Mendoza, con angustiosa desazón, a las dramáticas contingencias de la crisis que él había querido evitar. Estaba solo, pues María de los Remedios, enferma, había regresado a Buenos Aires con Merceditas, el 24 de marzo. Recrudecieron por entonces sus achaques reumáticos y su malestar en el pecho, que le ocasionaban dolorosas padecimientos, y debió pasar en el campo una larga temporada. En julio volvió, esta vez amenazante y concreta, la noticia de Cádiz y él sugirió un plan de defensa a Buenos Aires: la escuadra chilena saldría a atajar a los navíos españoles; pero de nuevo se desvaneció el peligro. O’Higgins y Guido le instaban a regresar a Chile para dirigir personalmente los trabajos del ejército; temían a la nueva guerra civil argentina y que San Martín fuera envuelto en la vorágine. Alvarado, Necochea, Escalada, jefes de los regimientos que habían llegado a Mendoza antes de que la orden del repaso fuera suspendida, también querían volver. Sabían que el espíritu de su general estaba en Lima y únicamente con él querían seguir en la empresa de América que era la causa de todos y no en la guerra civil desencadenada por el error o la ambición de unos pocos. Era evidente que San Martín atravesaba ahora una profunda crisis espiritual. En la medida que se ahondaba la disidencia nacional se le aparecía claramente el fin de aquel régimen que él, sin embargo, había prohijado y comprendía que era ya inútil exigirle más para la causa que había sido la razón de ser del apoyo que él le había prestado. Pero era un duro trance, sin duda, el tener que hablar con los amigos y de ir al gobierno que no podía ser parte en la contienda fratricida. Sin embargo se decidió a ir a ver a Rondeau y le escribió a Guido el 21 de septiembre, desde San Luis: “Al fin me resolví a ponerme en marcha para Buenos Aires: pero no pude pasar de ésta en razón de lo postrado que llegué; en el día me encuentro muy aliviado y pienso ponerme en marcha dentro de cinco o seis días, permaneciendo en la capital sólo ocho o doce días a lo sumo”. Pero recién pudo tomar la galera el 4 de octubre, apenas restablecido de la penosa enfermedad en que había recaído. Al acercarse a la frontera de Córdoba, en la Posta del Sauce le avisaron que no era posible seguir adelante, pues estaba cerrada por las fuerzas del general Estanislao López. El armisticio de San Lorenzo había sido roto y la guerra civil ensangrentaba de nuevo al país.

San Martín retomó el camino de Mendoza. Era inútil ahora entrevistarse con Rondeau y el 17 de octubre estaba de vuelta en la capital cuyana. Allí le llegaron órdenes reiteradas del Director Supremo, firmadas por el ministro de Guerra, Irigoyen, pidiéndole se trasladara enseguida a Buenos Aires con toda la caballería y le prevenían que si hallaba oposición en su marcha, por parte de los enemigos del orden, obrara contra ellos hostil y vigorosamente. Pero también había sabido, en la Posta del Sauce, que la ruptura de las hostilidades se había señalado por parte de los santafesinos con la captura de una carreta en la que viajaban varios personajes oficiales a los que hicieron prisioneros, entre ellos, el general Marcos Balcarce que iba hacia Chile, según la voz pública, a relevar a San Martín en el comando del ejército de los Andes. San Martín leyó con inquietud creciente y sin duda con una profunda tristeza las órdenes desesperadas del ministro, a través de las cuales se transparentaba la realidad viviente del país que se estaba incendiando por los cuatro costados. Bien lo sabía él por los informes que le llegaban de todas partes. En el Litoral dominaban sin discrepancias los caudillos federales; en Córdoba se sostenía a duras penas el gobernador Manuel Antonio de Castro y era aún peor la situación del coronel Motta Botello en Tucumán; Güemes en Salta era una entidad prácticamente autónoma, entregada por cierto a su heroica defensa de la frontera; y en la propia gobernación de Cuyo, tan adicta sin duda a su antiguo gobernador intendente, crecía la oposición al centralismo porteño instigada por jefes y oficiales confinados allí por el gobierno central. Por desgracia, la crisis se agudizaba precisamente cuando en Chile realizábanse al fin las tareas por él mismo requeridas para llevar a cabo su empresa de libertad, y cuando la campaña naval de lord Cochrane estaba a punto de dar sus frutos y abrir las rutas del Pacífico. A medida que examinaba los términos opuestos de la situación el dilema se hacía más dramático. Lamentaba las crueles convulsiones de lo que él también llamaba la anarquía; no creía que el país estuviese en condiciones de establecer un régimen republicano según los modelos en boga; y menos creía en las ventajas de la federación. que a su juicio debilitaríaese gobierno fuerte, guardián implacable del orden, que estimaba indispensable por lo menos hasta terminar con la victoria la guerra de independencia.

Pero la intransigencia del Directorio a nada conducía. ¿Qué valor podía tener cualquier solución que no se afirmase sobre la libertad conquistada? ¿Acaso era ya viable ese negociado monárquico que el gobierno miraba como áncora de salvación pero cuyo solo enunciado insurreccionaba a los pueblos como si fuera una traición a la causa de América? ¿Iba él a resolver esa crisis a sangre y fuego arrojando a la contienda fratricida los soldados de Chacabuco y de Maipú? No. La verdad es que había sido profundamente sincero cuando les hizo saber a López y a Artigas que jamás desenvainaría su espada por opiniones políticas y que cada gota de sangre vertida por los disgustos domésticos le oprimía el corazón. Estas palabras no habían sido dichas en vano y volvían a pesar solemnemente sobre su espíritu porque había sonado la hora de la decisión. Y San Martín se resolvió. Surgía imperativo de su convicción más íntima el mandato inexcusable del deber. Él lo diría más tarde con clásica concisión: “Yo debo seguir el destino que me llama. Voy a emprender la grande obra de dar libertad al Perú”. Por eso. el 9 de noviembre, al comunicar a O’Higgins las órdenes que había recibido del gobierno, agregó lo siguiente: “No pierda usted un momento en avisarme el resultado de Cochrane para sin perder un solo momento marchar con toda la división a ésa, excepto un escuadrón de granaderos que dejaré en San Luis para resguardo de la provincia: se va a descargar sobre mí una responsabilidad terrible, pero si no se emprende la expedición al Perú todo se lo lleva el diablo”. Quedó todavía dos meses en Mendoza. Los hechos confirmaban la inevitable caída del régimen y la crisis se precipitaba con violencia incontenible. El 12 de noviembre un movimiento popular deponía en Tucumán al gobernador Motta Botello y era arrestado el general Belgrano; en Córdoba se mantenía aún el doctor Castro merced al amparo del ejército del Norte, acantonado en el Pilar a órdenes del general Cruz; los gobernadores del Litoral, en cuyas filas iban Alvear y Carrera, cada cual con su consigna de ambición o de odio, se acercaban al Arroyo del Medio. El Director Supremo había salido a hacerles frente dirigiendo a las tropas de Buenos Aires, al tiempo que ordenaba a Cruz avanzase a marchas forzadas para salvar la situación.

Mientras adoptaba las últimas previsiones para salvaguardar el orden en Cuyo, San Martín volvió a enfermar. Lo postró un ataque reumático y le era indispensable ir a Chile a tomar los baños de Cauquenes que aliviaban infaliblemente sus males. Estaba, pues, ante la urgencia de partir y reponerse para reasumir las tareas de la expedición al Perú. Comunicó su decisión a Rondeau enviándole su renuncia e informando que dejaba al coronel Alvarado al frente de las tropas en Mendoza. Tuvieron que llevarlo en camilla a través de la cordillera, que traspuso a comienzos de enero. Y fue en Santiago donde tuvo noticias del último acto del drama directorial. El ejército del Norte se había sublevado el 9 de enero de 1820, en la Posta de Arequito, y en vez de acudir en defensa del gobierno central se replegó a Córdoba conducido por el general Bustos. En Buenos Aires los caudillos federales derrotaban a Rondeau en la Cañada de Cepeda, el 1 de febrero; renunciaba el Director Supremo y el Congreso Nacional se disolvía. El país parecía un caos, pero el orden habría de recuperarse. Nuevas formas, nuevos hombres advenían al primer plano. Cada provincia se replegaba sobre sí misma y fundaba su autonomía. Era la marea federal que desbordaba en medio de la locura y la esperanza del pueblo que creía haber abatido a los tiranos. En la capilla del Pilar, el 23 de febrero, Estanislao López y Francisco Ramírez dictaban a Manuel de Sarratea, el elegante triunviro del año 1811, ahora gobernador de Buenos Aires, las cláusulas del famoso Tratado: “El voto de la Nación se ha pronunciado en favor de la federación, que de hecho admiten...” Al grito de “¡Viva la federación!” se sublevaron también las ciudades de Cuyo y el batallón de Cazadores de los Andes se plegó al movimiento. Luzuriaga, La Rosa y Dupuy, los antiguos colaboradores de San Martín, eran barridos de Mendoza, San Juan y San Luis. El coronel Rudecindo Alvarado, con los granaderos de Necochea y un resto de los cazadores, ganó las gargantas de la cordillera y la cruzó de nuevo para ir a alinearse bajo la enseña de su general.

5.- Hacia el Perú

El 2 de abril de 1820 realizábase en la ciudad de Rancagua una reunión cuya grave trascendencia no podía escapar a quienes a ella concurrían, todos ellos jefes del Ejército de los Andes. En su presencia, el general las Heras, que los había convocado, abrió un pliego remitido por San Martín y leyó lo siguiente: “ EI Congreso y Director Supremo de las Provincias Unidas no existen: de estas autoridades emanaba la mía de general en jefe del Ejército de los Andes y de consiguiente creo que mi deber y obligación el manifestarlo al cuerpo de oficiales para que ellos por sí y bajo su espontánea voluntad nombren un general en jefe que deba mandarlos y dirigirlos, y salvar por este medio los riesgos que amenazan a la libertad de América. Me atrevo a afirmar que ésta se consolidará no obstante las críticas circunstancias en que nos hallamos si conserva como no lo dudo las virtudes que hasta aquí lo han distinguido”. Pero los jefes respondieron a San Martín: “La autoridad que recibió el señor general para hacer la guerra a los españoles y adelantar la felicidad del país no ha caducado ni puede caducar, porque su origen que es la salud del pueblo, es inmutable”. Y se atuvieron con lealtad magnífica a la calidad heroica de la empresa. Sabían que su conductor era algo más que un jefe del ejército y reconocían en él al artífice insuperable de la obra todavía inconclusa. Entretanto la ruta del Pacífico había sido franqueada por lord Cochrane. Desde el año anterior el almirante corría sin descanso a la armada realista, obligándola a encerrarse en el Callao bajo la protección de sus fuertes. Allí la fue a buscar desafiando los fuegos de la poderosa fortaleza con increíble audacia, pretendiendo incendiarla con sus famosos cohetes a la Congreve, como Nelson en Copenhague, y declarando el bloqueo de toda la costa peruana. Se había presentado después ante Guayaquil y a principios de febrero de 1820 estaba asaltando los fuertes de Valdivia, último baluarte de la resistencia en el sur de Chile, que conquistó tras una cruenta y memorable jornada. Ahora, al tiempo que San Martín terminaba con O’Higgins los minuciosos aprestos del “Ejército Libertador del Perú”, nuevo nombre del Ejército Unido, la escuadra fondeaba en el puerto de Valparaíso lista para proteger el largo convoy en que aquél sería trasladado a la costa peruana.

Durante las últimas semanas el trajín había sido extraordinario y se multiplicaron las tareas con febril intensidad. Iban llegando las tropas desde el campamento de Quillota y arribaban al puerto carretas atestadas de aprovisionamientos. En incesante ajetreo los encargados de distribuirlos ambulaban entre pilas de fardos. Cargábanse en los barcos de transporte pertrechos y municiones; alimentos y vestuarios; caballadas y arneses; armas y cañones, entre los cuales andaba fray Luis Beltrán, enérgico y gesticulante como siempre , embutido en su nuevo uniforme de capitán de artillería; mientras Nicolás Rodríguez Peña, el ilustre triunviro de 1813 y primer confidente de la empresa, vigilaba el cumplimiento de los contratos, y su antiguo colega, Antonio Alvarez Jonte, mortalmente enfermo, se empeñaba en rendir sus postreros esfuerzos. Más de cuatro mil hombres de las tres armas fueron embarcándose en un orden perfecto, 2.313 de ellos eran argentinos y 1.805 chilenos, sin hacer cuenta de la numerosa oficialidad. Por fin, el 20 de agosto la armada se alineaba en la hermosa bahía, deslumbrante la blancura de sus velámenes, relucientes los cascos recién pintados, al tope la bandera con la estrella de Chile, formados en cubierta los batallones. En una empavesada falúa, que se deslizaba airosamente entre las naves pasaba revista antes de embarcarse el general José de San Martín, a quien O´Higgins había enviado su nombramiento de capitán general. Acompañábanle en la carroza sus generales divisionarios José Antonio Álvarez de Arenales, el recio vencedor de la Florida, y Toribio de Luzuriaga, que tan eficazmente había colaborado con él en el gobierno de Cuyo; e iban también el general Las Heras, designado jefe del Estado Mayor, y los secretarios de guerra Bernardo Monteagudo y Juan García del Río, junto al flamante coronel don Tomás Guido, que acababa de trocar por la espada su cartera de diplomático y era el primer edecán del general en jefe. El espectáculo era imponente y magnífico. Partía desde a bordo la aclamación emocionante de los soldados del glorioso ejército de los Andes unidos a las tropas de Chile en el nuevo “Ejército Libertador”, en cuyas filas formaban ahora los Granaderos a Caballo, los Cazadores, los artilleros, los veteranos de la infantería. Sus vivas a la patria se unían a los ¡hurras! estentóreos de las tripulaciones mandadas por aquellos rudos capitanes ingleses de chaqueta blanca y patillas rojas. Desde la playa, en un revolar de pañuelos, que también servían para enjugar las lágrimas de la despedida, respondía incesante el clamoreo unánime de la multitud.

Poco después zarpaba la expedición y las naves se alejaban lentamente del puerto para tomar el largo, hendiendo las ondas del océano rumbo al norte. En la vanguardia iba el almirante lord Cochrane, que enarbolaba su enseña en la “O’Higgins”, fragata de 44 cañones, a cuyo lado navegaban la “Lautaro”, de 46, y el bergantín “Galvarino”, de 18; seguían después los dieciséis transportes flanqueados por el “Araucano”, de 16, y la goleta “Moctezuma” de 7; y cerraban la marcha, tras una línea de lanchas cañoneras, la “Independencia”, de 28, y el navío “San Martín”, de 64. el más poderoso de la flota, donde se había instalado el rancho del general en jefe.

6.- Los factores de la nueva campaña

La guerra del Perú fue un triunfo de la inteligencia y de la virtud; una audacia del raciocinio sustentada por la prudencia de la acción. El conductor debía medir la magnitud de la empresa por la trascendencia de su fin, concebido como término decisivo de la emancipación americana. Pero tenía que adecuar la realidad precaria de sus fuerzas a las circunstancias en que debía utilizarlas y hacerles rendir el máximo provecho frente a un rival que por lo menos triplicaba su poderío. Otros factores, en consecuencia, deberían concurrir, así fueran diversos, complejos o inesperados; y había que hacer jugar todas las piezas con suma habilidad, colocarlas en la precisa situación de servir al resultado. Y no podía equivocarse porque ese resultado era nada menos que la realización del plan libertador y era también la medida de su propia responsabilidad. Eso fue la campaña que determinó la ocupación de Lima y la independencia del Perú. Un problema resuelto antes en la mente y una conducción cuya fina sutileza debía trascender los obstáculos de la realidad que pudieran interferirla y alcanzar el fruto esperado por quien supo prever con lúcida certeza y dirigir con paciente constancia. Todos los términos del acuciante problema bullían en la cabeza de San Martín hasta que consiguió ordenarlos. Pero primero fue naturalmente su conocimiento cierto, la minuciosa intelección de los hechos que denunciaban la realidad de su objetivo, esa viviente realidad del Perú, sede y baluarte del tenaz adversario, que él no iba a atropellar como un romántico porque su comportamiento sería siempre el de un clásico.

Desde que concibió y aconsejó la estrategia del plan continental se había aplicado con empeñosa prolijidad a obtener la información precisa de todos esos hechos sobre los cuales debería discernir de acuerdo con las cambiantes circunstancias del momento de obrar. Chile había sido una etapa; y apenas hizo pie en este país, cuya libertad había fundado después de una brillante pero dura campaña, su vista se volvió inmediatamente hacia el Perú, que era su meta real, la obsesión de su espíritu. En medio de las inmensas dificultades que sobrevinieron después, durante su angustiosa lucha para formar la expedición, no obstante los amargos contratiempos de la crisis política y la guerra civil, paralelamente a estas fatigas su esfuerzo mental estuvo siempre concentrado en la empresa de Lima. Y ahora, cuando navegaba hacia el norte, repasaba los datos ciertos de su prolija información y se aprontaba a dibujar sobre la tierra peruana las líneas de su esquema militar y a movilizar los otros factores que le ayudarían a resolver el complejo problema. Porque guerra y política iba él a mover con maestría consumada para decidir la victoria. Conocía bien la situación del virrey Pezuela, sucesor del enérgico Abascal, y sobre todo la distribución de sus fuerzas en el extenso territorio. No contaba ya con la armada, que lord Cochrane tenía bloqueada en el Callao, y al ejército, sin duda con pésimo concepto, lo había dividido en tres fracciones principales, sin perjuicio de otras dispersiones parciales. Cerca de Lima, en el campamento de Aznapuquio, estaba la fuerza principal, con más de 7000 soldados, defendiendo la sede del Virreinato y guardando la región de la costa; otra división se hallaba en Puno, al parecer dominando los valles de la sierra; y la tercera, fuerte de 6000 hombres, estaba en el Alto Perú, sobre la frontera de Salta, u ocupando las diversas intendencias de esta región, cuya jurisdicción correspondía al antiguo virreinato del Río de la Plata y hacía parte, por consiguiente, de las Provincias Unidas. Había, además, otras fuerzas diseminadas en el norte de la costa, sobre Trujillo, o hacia el sur, en Arequipa. El virrey contaba en realidad con más de 20.000 hombres, y San Martín llevaba hacia el Perú apenas 4.000. Pero el general del Ejército Libertador sabía también cuál era la realidad política en que Pezuela se estaba debatiendo. Una red de informantes, como cuando su famosa guerra de zapa en Chile, le tenía al corriente de cuanto ocurría en el virreinato peruano y le permitía a su vez influir constantemente en el ánimo de quienes, de una manera u otra, habrían de apoyar sus propósitos. En primer lugar, el movimiento patriota tenía extensas ramificaciones y los ideales de la revolución americana alentaban en los núcleos más diversos, desde los indígenas, todavía intranquilos en muchas zonas donde había sido sofocada unos años atrás la sangrienta insurrección de Pumakahua, hasta personajes de la nobleza y el clero. El país estaba minado podía decirse, y listo para levantarse a pesar de las medidas del virrey y de la cruel represión a que había sometido a muchos conspiradores. En segundo término, estaba el ejército realista. San Martín lo sabía dividido por graves disensiones, y a algunos de sus jefes en resuelta oposición con Pezuela. He aquí algo acerca de lo cual estaba muy bien informado, porque era en realidad la repercusión en América de la crisis de España que él había venido observando con interés profundo, a través del famoso asunto de la expedición española cuyas alternativas tanto habían alarmado hasta fines del año anterior al gobierno de Buenos Aires. Había sido precisamente en el ejército del conde del Abisbal donde se encendió la primera chispa de la revolución liberal en España. Desde la restauración de Fernando VII en 1814, liberales y absolutistas mantenían su enconada discordia. Extremaban éstos su intolerancia que acentuaba el rey con medidas de implacable rigor y porfiaban aquéllos en la propaganda sediciosa que salía de las logias y se multiplicaba en libelos y conjuraciones con el propósito ostensible de implantar la Constitución de 1812. Pero al fin estalló la revuelta. El 1º de enero de 1810 el comandante Riego, jefe de uno de los batallones del ejército expedicionario, proclamó en las Cabezas de San Juan, cerca de Cádiz, la constitución liberal; y desde ese momento, en rápida sucesión de movimientos, el alzamiento se generalizó, transformándose en exigencia revolucionaria. Fernando VII había debido jurar en marzo la Carta de Cádiz y convocar a Cortes, que se abrieron el 9 de julio. Pero era, en realidad, un prisionero de la facción triunfante; y cuando el Ejército Libertador del Perú salía de Valparaíso, las últimas noticias de España informaban sobre las reacciones suscitadas por la frenética tiranía de los prohombres liberales, que obligaban a leer la constitución hasta en los púlpitos y semejaban un trasnochado remedo de los jacobinos de 1893.

La discordia se había trasladado a América y el liberalismo español era una mina en el ejército del virrey. Por fin, estaba el otro gran elemento de la situación de la guerra en Sudamérica. Y San Martín sabía que su presencia en el Perú partiría en dos el frente de los realistas. Las armas independientes habían triunfado en Boyacá, el 7 de agosto de 1819, sobre el general Morillo, conducidas audazmente a través de los Andes por el general Simón Bolívar, y poco después. en Angostura, se constituía la República de Colombia. El Libertador del Norte seguía luchando con el ejército del rey, y Pezuela no podía esperar auxilio alguno desde Nueva Granada.

7.- Guerra y política

La escuadra navegaba ya ante las costas peruanas, y San Martín dispuso realizar el desembarco en la bahía de Paracas, en una playa arenosa a diez kilómetros de la cual se alzaba la villa de Pisco. Así se hizo con absoluta tranquilidad el 8 de septiembre. ¿Porqué desembarcó en Pisco? Lord Cochrane, obstinado escocés, no terminaba de entenderlo, y sostenía con terquedad que debía tomarse tierra frente a Lima para atacar enseguida al virrey. El general en jefe había decidido con admirable previsión. Pisco se hallaba a 260 kilómetros de Lima, y esta circunstancia le daba tiempo para promover la insurrección del país sobre el cual debía sostenerse, elemento de primera fuerza para el desarrollo de sus planes. Además, evitaba afrontar de golpe a un ejército muy superior en número, y desde Pisco podía realizar con eficacia el designio militar de darle inmediato quehacer a sus espaldas, mientras él iba a presentársele en el norte haciéndole creer entretanto que buscaría su objetivo desde el sur. Quería también iniciar las primeras fintas del manejo político que tenía meditado, y sabía que llegaba en el mejor momento para ello. Estaba cierto que los jefes liberales del ejército de Pezuela presionaban sobre el virrey para buscar un avenimiento con los disidentes sobre la base de la Constitución de 1812, recién jurada por Fernando, y de las Cortes, en las cuales se había acordado dar representación a los diputados de América. Ése era. además, el propósito del nuevo gabinete español. San Martín había decidido cruzar definitivamente esa esperanza. Demasiado conocía él a los liberales de las Cortes: eran los mismos que en Cádiz le habían asqueado tanto como los serviles de Fernando. Él también era liberal y sabía cómo envolver al adversario en la trampa de los principios. El mismo día del desembarco, desde Pisco, al tiempo que sus tropas desalojaban a la guarnición realista, 500 hombres al mando del coronel Quimper, dio su primera proclama a los peruanos, y en ella, al referirse a la constitución, que Pezuela había dispuesto jurar en todo el virreinato, expresó rotundamente esta advertencia: “La América no puede contemplar la constitución española sino como un medio fraudulento de mantener en ella el sistema colonial. Ningún beneficio podemos esperar de un código formado a dos mil leguas de distancia, sin la intervención de nuestros representantes. El último virrey del Perú hace esfuerzos por prolongar su decrépita autoridad. El tiempo de la opresión y de la fuerza ha pasado. Yo vengo a poner término a esa época de dolor y humillación. Este es el voto del Ejército Libertador, ansioso de sellar con su sangre la libertad del Nuevo Mundo”. Pezuela quedaba, pues, notificado, y más que él, los jefes liberales del ejército realista. La Constitución de Cádiz, el nuevo régimen de la revolución española, nada valían para el jefe del Ejército Libertador. Y se dijera que acentuaba más el terminante repudio al dirigirse él mismo, y en otro proclama, a la nobleza del Perú: “Ilustres patricios -les decía-, la voz de la revolución política de esta parte del Nuevo Mundo y el empleo de las armas que lo promueven no han sido ni pueden ser contra vuestros verdaderos privilegios”. Púsose en seguida en contacto con las gentes de la tierra y se desparramaron por todas partes sus proclamas. Y el general. que no quería perder mucho tiempo en Pisco, comenzó a conferenciar reservadamente con Arenales. No había transcurrido una semana desde el desembarco cuando se presentaba un representante de Pezuela. El virrey pretendía abrir la negociación e invitaba a San Martín a designar diputados para escuchar sus proposiciones. San Martín aceptó. Como había imaginado, el juego comenzaba por la política; y sus diputados, Guido y García del Río, se trasladaron a Miraflores, un pequeño villorrio al sur de Lima, a tratar con los del virrey. Pero era natural que no pudieran entenderse. Proponían los realistas como base de arreglo, la constitución española y el envío de diputados americanos a las Cortes. Pero no era posible aceptar lo que San Martín había rechazado expresamente en su proclama. Pidieron entonces aquéllos la suspensión de las armas y el retiro de las tropas invasoras hasta que fueran diputados a España; pero la contrapropuesta patriota era también inaceptable, porque exigieron para acceder, entre otras cosas igualmente sustanciales, la evacuación del Alto Perú. que sería ocupado por el Ejército Libertador. El 1 de octubre terminaba la fracasada conferencia de Miraflores, pero quedaba de ella una inquietante sugerencia que los diputados independientes, siguiendo el juego de su general, deslizaron en el oído del virrey: “acaso sobre la base de la independencia política del Perú, la pacificación podía convenirse estableciendo una monarquía con un príncipe de la casa reinante en España...” San Martín explicaría años después la cabal inteligencia de esta proposición. Durante el breve armisticio, San Martín había redactado unas prolijas instrucciones para el general Arenales, que debía expedicionar a la Sierra, o sea a la región que se eleva hacia el Oriente inmediatamente después de la región de la Costa. Tenía como objetivo realizar una doble acción militar y política, pues debería ocupar e insurreccionar las poblaciones existentes en los valles que van escalonándose entre las dos cadenas de los Andes. Arenales debería irrumpir por el desfiladero de Castro Virreyna, con una columna de mil hombres, y recorrería esos valles de sur a norte, desde Huamanga, ocupando sucesivamente a Huancavelica, Jauja y Tarma, para descender hacia la costa, desde Pasco, y colocarse al norte de Lima. Allí le esperaría San Martín con el ejército, porque pensaba reembarcarlo en Pisco y llevarlo por el mar, para situarse al norte de la capital. Era una fina operación semienvolvente, que por cierto no esperaba Pezuela. Es verdad que dejaba libre el sur, pero su ejecución cortaba al virrey las comunicaciones con el norte, donde sabía el general era inminente el pronunciamiento de Trujillo, con cuyo gobernador, marqués de Torre-Tagle, estaba en relaciones desde Chile; y, además, a las espaldas de Lima dejaba toda la Sierra en insurrección. Era, sin duda, una audaz diversión, que comprometía a la cuarta parte de su ejército en una empresa llena de peligros: pero San Martín confiaba en la pericia de Arenales, veterano batallador en las campañas del Alto Perú e insuperable conductor para una guerra de montaña.

El general aguardó en Pisco hasta saber que Arenales escalaba los pasos de la sierra, después de haber derrotado a algunas fuerzas enemigas en Ica y en Nazca, contra las cuales desprendió ágiles columnas al mando de Rojas y Lavalle, que iniciaron con la victoria esta primera etapa de la campaña. San Martín reembarcó el ejército el 25 de octubre y se trasladó hasta el puerto de Ancón, desembarcando poco después en el de Huacho a 150 kilómetros al norte de Lima, para instalar su campamento en Huaura. Allí esperaría el resultado de la expedición a la Sierra, mientras comenzaba en seguida su diligente actividad proselitista para sublevar en su favor a las provincias septentrionales. Había en esa espera, que exasperaba al irritable lord Cochrane, la paciente confianza del buen ajedrecista; no quería ni debía apresurarse, sino dejar actuar a los factores diversos que integraban su plan. Por eso le había escrito a O’Higgins explicándole la marcha de Arenales y su reembarco hacia el norte: “Mi objeto es bloquear a Lima por la insurrección general y obligar a Pezuela a una capitulación”. Estaba cierto de obtener este resultado en menos de tres meses; pero no hubo, sin embargo, capitulación, y la guerra se prolongaría aunque San Martín lograse su propósito esencial, entrando a Lima sin lucha y proclamando desde la capital la independencia del Perú en julio del año entrante. Lo notable fue que habrían de ser los jefes liberales del ejército realista los que interfirieran el plan del Libertador, pues cuando Pezuela estaba moralmente vencido fueron ellos quienes le impidieron capitular. A poco de establecer su campamento en Huaura, fueron produciéndose los hechos que San Martín esperaba para estrechar al virrey. Guayaquil, que se había levantado el 9 de octubre al solo anuncio de su presencia en Pisco, le enviaba sus diputados y se acogía a su protección; poco después, el 5 de noviembre, el almirante Cochrane realizaba una hazaña incomparable capturando a la fragata Esmeralda, en su refugio del Callao, cuyos fuegos desafió impávido ante el asombro de los propios adversarios; a principios de diciembre los trabajos de zapa, que minaban constantemente el frente interno enemigo, obtenían un éxito brillante al decidir la deserción en masa del regimiento “Numancia”, formado en gran parte por colombianos, que se pasó a sus banderas con armas y bagajes; y para Navidad el marqués de Torre-Tagle se pronunciaba en Trujillo.

Por su parte permaneció en posición defensiva, preparado para recibir un ataque, aunque conocía bien la indecisión de Pezuela, que él había determinado con su estrategia. Si salía de Lima para buscar a San Martín en Huaura debía temer con fundamento que éste embarcara su ejército en Huacho y cayera sobre la capital indefensa. Por eso el virrey se contentaba con mantener una fuerte vanguardia sobre la línea del Chancay, reteniendo a su ejército en Aznapuquio, mientras su adversario explotaba hábilmente la situación inundando de agentes y proclamas a la ciudad de los Reyes, y movía ágiles guerrillas en sus alrededores que jaqueaban los caminos y entorpecían los abastos. A principios de enero de 1821 se incorporaba al Ejército Libertador la división de Arenales, que había concluido su campaña obteniendo una magnífica victoria en Pasco y llenado su objeto de levantar a los pueblos de la Sierra en favor de los independientes. Daba, pues, sus frutos la situación creada por San Martín. Pezuela había llegado a declarar que creía imposible defender al país si no le llegaban refuerzos navales de España, y dentro de Lima, un fuerte partido le incitaba a una capitulación honorífica. Pero los jefes de la logia constitucional, que le eran adversos, temieron se decidiera en este sentido, y reunidos en el cuartel general de Aznapuquio le intimaron abandonar el mando como único medio de conservar el Perú. El virrey se resignó, y el 29 de enero de 1821 los jefes eligieron en su reemplazo al general La Serna. Y he ahí cómo el jefe del Ejército Libertador debería entenderse, en adelante, con los jefes liberales del ejército realista. 8.- Punchauca Pero antes ocurrió una incidencia singular. El gobierno de España había enviado comisionados a los países disidentes de América para proponerles la pacificación sobre la base de la constitución. El designado para actuar en el Perú fue el capitán de fragata don Manuel Abreu, que arribó al campamento de Huaura el 25 de marzo, y después de conferenciar largamente con San Martín pasó a la capital donde hizo conocer las instrucciones reales. La Serna, resuelto a retirarse de Lima para resistir en el interior, debió abrir las negociaciones, y a ellas accedió San Martín, que acababa de estrechar el asedio y se había presentado con gran parte de sus fuerzas en Ancón, adonde las transportó por el mar.

Fernando VII ofrecía el goce común de la constitución de 1812 para que renaciesen entre españoles y americanos las relaciones de trescientos años y “las que reclamaban las luces del siglo”. La reunión de los diputados de ambas partes se realizó en la hacienda de Punchauca, cerca de Lima, a principios del mes de mayo; pero el avenimiento no fue posible porque los americanos expresaron no poder iniciar negociación alguna que no fuese sobre la base de la independencia. Concertóse, sin embargo, un armisticio y la celebración de una entrevista de San Martín con La Serna, que se realizó en Punchauca el 2 de junio. Lo que desarrolló allí San Martín ante el asombrado La Serna fue nada menos que un magnífico plan de alta política hispanoamericana: “Pasó el tiempo en que el sistema colonial pudo ser sostenido por España. Sus ejércitos se batirán con bravura tradicional de su brillante historia militar; pero aun cuando pudiera prolongarse la contienda, el éxito no puede ser dudoso para millones de hombres dispuestos a ser independientes y que servirán mejor a la humanidad y a su país si en vez de ventajas efímeras pueden ofrecer emporios de comercio, relaciones fecundas y de concordia permanente entre los hombres de la misma raza, que hablan la misma lengua y sienten igualmente el generoso deseo de ser libres “ Y enseguida propuso concretamente se nombrase una regencia presidida por el propio La Serna e integrada por dos corregentes designados por cada una de las partes, la cual gobernaría independientemente al Perú, hasta que llegase un príncipe de la casa real de España, a quien se reconocería como monarca constitucional de la nueva nación. El comandante español García Camba, presente en Punchauca, anotó castizamente en sus Memorias que la inesperada proposición era una verdadera zalagarda, y el Libertador del Perú le diría años más tarde al general Miller: “El general San Martín, que conocía a fondo la política del gabinete de Madrid, estaba bien persuadido que él no aprobaría jamás ese tratado; pero como su principal objeto era el de comprometer a los jefes españoles, como de hecho lo quedaban habiendo reconocido la independencia, no tendrían otro partido que tomar que el de unir su suerte al de la causa americana “San Martín desconcertaba con meditada habilidad a quienes procuraban avenirle a la propuesta constitucional; y el exabrupto de la suya desvanecía del todo la esperanza de lograr la paz por cualquier otro camino que no fuese el de reconocer previamente la

la independencia. Era, por otra parte, una manera de apurar el juego. La deposición de Pezuela por los jefes liberales sublevados en Aznapuquio y resueltos a prolongar una guerra cruel aunque estuviera prácticamente decidida, le había sacado de las manos, puede decirse la capitulación y la conferencia de Punchauca, realizada por iniciativa del nuevo virrey en cumplimiento de las reales instrucciones traídas por Abreu, le dio oportunidad para tentarles con una fórmula de pacificación que los colocaba en el trance difícil, incluso en contradicción con sus principios, de rechazar a un príncipe español al frente de una nación soberana y a una monarquía constitucional que era su propio sistema de asegurar el orden en la libertad. Pero La Serna pidió dos días para contestar; y en vez de consultar con las corporaciones del Virreinato, como fue su propósito inicial, se atuvo al consejo de los jefes militares, que presintieron la celada: las instrucciones del rey no consentían el compromiso de reconocer la independencia; y llevar a Madrid la discusión de la propuesta mientras quedaba un gobierno propio en el Perú, así fuera una regencia mixta, era consumar en los hechos la independencia. No hay duda que los jefes realistas del Perú vieron más claro que el general O’Donojú, cuando Itúrbide le propuso en Méjico el Plan de Iguala, tan semejante al de San Martín en Punchauca, y cuya anticipada aceptación fue repudiada por la metrópoli, pero determinó la conclusión de la guerra y la definitiva independencia mejicana. La respuesta del Virrey fue consiguientemente negativa, y la evacuación de Lima comenzó de inmediato, aun antes de concluido el armisticio que se concertó a raíz de las negociaciones. El 6 de julio La Serna salía de la capital rumbo a la Sierra a unirse con el general Canterac, que se le había anticipado con el grueso del ejército.

9.- La independencia del Perú

“¡El Perú es desde este momento libre e independiente por la voluntad de los pueblos y de la justicia de su causa que Dios defiende!” Con estas palabras proclamó el general San Martín la independencia del Perú en la Plaza Mayor de la ciudad de Lima el 28 de julio de 1821; pero la multitud que le aclamaba y cuyo entusiasmo se acendró al verle desplegar la nueva bandera que él había ideado en Pisco para entregarla a los peruanos como símbolo de su conquistada libertad, debió comprender que ellas representaban también el sello de la obra a que aquel hombre había consagrado afanes increíbles y estupenda constancia. Faltaba sin duda mucho para consolidar esa obra; era menester crear un gobierno y organizar a la nueva nación; había que concluir la guerra que el virrey y sus generales, desalojados de la capital, iban a prolongar con medios todavía poderosos: pero en la convicción del Libertador habíase obtenido ya el objetivo principal. En una gaceta del ejército se decía: “ El vencimiento de los españoles ha entrado ya en la clase de esfuerzos subalternos que exige la independencia, dirigiendo con método las operaciones militares y buscando al enemigo cuando convenga”; y él le escribió a O Higgins: “Al fin, con paciencia y movimientos hemos reducido a los enemigos a que abandonen la capital de los Pizarro; al fin nuestros desvelos han sido recompensados con los santos fines de ver asegurada la independencia de la América del Sur. El Perú es libre. En conclusión, ya yo preveo el término de mi vida pública y voy a tratar de entregar esta carga pesada a manos seguras y retirarme a un rincón a vivir como hombre”. Aunque tuviera clara noción de la enorme responsabilidad que le aguardaba y se preparase para afrontarla, San Martín podía hablar así. La declaración de la independencia del Perú no era una jactancia ni un anticipo apresurado, porque era un hecho ineluctable, la afirmación de quien había logrado promoverlo con la certeza de abrir un cauce que no podría ser detenido. Él conocía mejor que nadie la precariedad del instrumento bélico con que al fin fue dado acometer la empresa del Perú, y por eso su campaña había sido esencialmente una obra de insigne habilidad, un triunfo de la inteligencia y de la virtud: “paciencia y movimientos” como le decía con modestia al Director de Chile. No podía repetir como César: “Llegué, ví y vencí”; pero según la expresión de un maestro de la Universidad de San Marcos pudo afirmar: “Llegué y la noticia de mi llegada hizo volar a los pueblos a la sombra de mis banderas”. Y su victoria mayor era este hecho cuya fuerza afianzaba la proclamación del 28 de julio con tanto vigor como sus armas. y sobre él habría de afirmarse después cuanto se hiciera para consolidar la obra. En ese momento los problemas de San Martín se canalizaban en dos aspectos principales: por una parte, debía organizar al gobierno independiente del Perú, por otra, atender sin descanso a la prosecución de la guerra. Decidió el primero asumiendo personalmente, con el título de Protector, la autoridad suprema del país, y con respecto al segundo adoptó diversas medidas militares que garantizaban la seguridad del territorio ocupado mientras meditaba los medios de realizar una campaña decisiva contra las fuerzas realistas del interior. Fueron notables, por su leal sinceridad, las razones que dio al pueblo al tomar el cargo de Protector del Perú: “Espero que al dar este paso se me hará la justicia de creer que no me conducen ningunas miras de ambición, sino la conveniencia pública. Es demasiado notorio que no aspiro sino a la tranquilidad y al retiro después de una vida agitada ; pero tengo sobre mí la responsabilidad moral que exige el sacrificio de mis más ardientes votos. La experiencia de diez años de revolución en Venezuela, Cundinamarca, Chile y Provincias Unidas me ha hecho conocer los males que ha ocasionado la convocación intempestiva de congresos cuando aun subsistían los enemigos de aquellos países. Primero es asegurar la independencia; después se pensará en asegurarla libertad sólidamente. La religiosidad con que he cumplido mi palabra en el curso de mi vida pública me da derecho a ser creído, y yo la comprometo ofreciendo solemnemente a los pueblos del Perú que en el momento en que sea libre su territorio haré dimisión del mando para hacer lugar al gobierno que ellos tengan a bien elegir”. Y a O’Higgins le explicaba: “En el estado en que se hallan mis operaciones militares faltaría a mis deberes si dejando lugar por ahora a la elección personal de la suprema autoridad del territorio abriese un campo para el combate de las opiniones y choque de los partidos, para que sembrase la discordia que ha precipitado a la anarquía los pueblos más dignos del continente americano. Destruir para siempre el dominio español en el Perú y poner a los pueblos en el ejercicio moderado de sus derechos es el objeto de la expedición libertadora. Es necesario purgar esta tierra de la tiranía y ocupar a sus hijos en salvar a su patria antes que se consagren a bellas teorías y se dé tiempo a sus opresores para reparar su s quebrantos y dilatar la guerra. Tal sería la consecuencia necesaria de la convocación de asambleas populares. Apoyado en estas razones he asumido la autoridad suprema del Perú con el título de Protector hasta la reunión de un congreso soberano de todos los pueblos en cuya representación depositaré el mando y me resignaré a residencia”. No vacilaba San Martín en descubrir con crudo realismo su pensamiento político frente a la circunstancia excepcional en que se hallaba y ante el deber de asumir sin reatos la responsabilidad de un poder cuyos resortes no le era dado a su juicio abandonar si quería salvaguardar el orden en la nación creada por su esfuerzo. Y la asunción de esa responsabilidad era la medida de su garra de estadista, la voluntariosa decisión de no dejarse llevar por el romanticismo de la libertad, la impronta categórica de su fuerte personalidad. ¿Acaso el Perú recién nacido podía defender su propia vida, amenazada aún por la guerra, en medio de los vaivenes de un sistema para el cual no estaba absolutamente preparado y cuyos peligros había visto en Europa y América? ¿Iba él a callar frente a la funesta y dolorosa experiencia? ¿No sabía por ventura todo lo que permanece en el subsuelo de las revoluciones triunfantes acechando el momento de la reacción? ¿No era al fin más decorosa y conveniente una conducta franca y leal que debía tranquilizar a los ciudadanos celosos de su libertad? Como siempre en los grandes trances de su vida San Martín se resolvió con rapidez y seguridad, y asumió la tremenda responsabilidad de gobernar al Perú de acuerdo con su conciencia, no obstante percibir los riesgos que esa situación debía crearle y conocer que esa elevación era en realidad un sacrificio. Bernardo Monteagudo, Juan García del Río y José Hipólito Unánue fueron sus ministros. 10.- Durante el gobierno del Protector La situación militar se había estacionado y el Perú aparecía dividido en dos porciones: los realistas ocupaban la Sierra y a través de sus valles hacia el sur comunicaban con sus fuerzas en el Alto Perú; en manos de los independientes estaban la capital, la costa y todo el norte del país. Antes de la ocupación de Lima se habían realizado dos operaciones despachadas por San Martín desde Huaura: una hacia la Sierra y otra con destino al sur de la región de la costa donde debía penetrar por los Puertos Intermedios; pero no lograron el éxito previsto, que sin duda alguna hubiera mejorado decididamente aquella situación.

La primera había sido dirigida por el general Arenales, que ocupó el valle de Jauja en el mes de mayo, pero como tenía instrucciones de no comprometer su división no alcanzó a evitar, como fue su propósito, que La Serna se uniera con Canterac cuando el ejército realista dividido en dos fracciones abandonó la capital para buscar en el interior un campo de operaciones propicio a la prolongación de la resistencia. Esta segunda campaña de la Sierra resultó, pues, infructuosa; y Arenales retornó a Lima mientras el virrey se hacía fuerte en el valle de Jauja desde donde se trasladó más tarde al Cuzco. La expedición al sur tampoco fue muy feliz a pesar de la valerosa conducción de Miller y los bríos de lord Cochrane en cuyas naves fue conducida a los Puertos Intermedios. Se hizo un primer desembarco en Pisco y luego otro en Arica desde donde avanzó Miller hasta Tacna obteniendo un buen triunfo en Mirave, el 21 de mayo, sobre los realistas que le salieron al encuentro desde la Sierra; pero al final debió concentrarse en Ica sin mayores perspectivas para una acción más importante a causa de la escasez de sus efectivos. Mayor trascendencia alcanzó, después de la declaración de independencia del Perú, el fracaso de una expedición intentada por el general Canterac, a fines de agosto, con el doble objeto de sorprender si era posible a los ocupantes de la recién abandonada capital y llevar víveres a la fortaleza del Callao, donde había quedado aislada una guarnición realista de más de dos mil hombres y existía un gran armamento que el virrey necesitaba recuperar. El 5 de septiembre Canterac se presentaba al sur de Lima, en el valle del Lurín, pero halló que el ejército libertador estaba desplegado en línea de batalla cubriendo todas las entradas de la capital por el este y el sur, y no se resolvió a provocar un combate que la inatacable posición del adversario hacía presumir muy dudoso.San Martín, imperturbable y calculador, lo dejó desfilar hacia el Callao y le dijo a Las Heras, que estaba a su lado: “¡Están perdidos! ¡El Callao es nuestro! No tienen víveres para quince días. Los auxiliares de la Sierra se los van a comer. Dentro de ocho días tendrán que rendirse o ensartarse en nuestras bayonetas”. Y así fue, a pesar del asombro de Las Heras y la impertinencia de lord Cochrane que terminó por no comprender nada y encolerizarse desaforadamente ante la calma del general en jefe a quien incitaba a atacar, sin que éste, resuelto a concluir con su ajedrez, hiciera caso de sus protestas.

Canterac pagaría las consecuencias de aquella victoria sin sangre y comenzó a ver claro apenas se encerró en la fortaleza; decidió salir enseguida y retirarse por el norte para ganar a duras penas los faldeos de la Sierra. El 21 de septiembre la bandera peruana ondeaba en los castillos del Callao, cuyo jefe, el general La Mar, estrechado vigorosamente, debió aceptar los términos de la capitulación que le dictó San Martín. Después de la rendición del Callao que consolidaba su dominio en las provincias liberadas, el Protector del Perú prosiguió en las tareas del gobierno cuya responsabilidad había debido afrontar; pero sabía bien que ésa no podía ser una misión indefinida y durante los meses finales de 1821 la clara objetividad con que siempre discernía sobre los hechos de la cambiante realidad iba a determinar muy pronto una nueva decisión en su conducta. Aquellas tareas eran sin duda absorbentes y delicadas y las abordó con un sincero afán de señalar a los peruanos las características del nuevo régimen.Los decretos de su breve gobierno tenían el sello de aquellas famosas decisiones de la Asamblea del año 1813 en las Provincias Unidas, que él había contribuido con su esfuerzo a que fuera convocada y en la cual Bernardo Monteagudo, su actual ministro, había llevado la voz cantante. Declaró la libertad de comercio, abolió las encomiendas, suprimió la inquisición, prohibió los tormentos, adoptó medidas que garantizaban la seguridad individual y dictó un Estatuto Provisional, de acuerdo con cuyas normas debían desenvolverse las funciones del naciente Estado. Instituyó la Orden del Sol y creó la biblioteca pública del Perú, a la cual donó su propia librería, que había traído desde Chile. Era, como siempre, minucioso y estricto; pero no hay duda que esa labor de gobernante no podía apartarle de sus propios fines y tal vez esas preocupaciones le desasosegaran al distraerle. Debía manejar la cosa pública en un ambiente conmovido por la lucha reciente y en el cual subsistían agazapados los adversarios de ayer a los cuales había que vigilar y no pocas veces perseguir y exaccionar. Tenía que atender a las grandes y pequeñas exigencias de la administración; auspiciar las obras y proyectos de sus ministros; y no regatear, además, su actuación en la sociedad limeña con sus requerimientos sociales, a menudo amables, y su intriga política, que descubría ocultas suspicacias locales.

Tuvo amargos contratiempos, como el definitivo disgusto con lord Cochrane que se marchó a Chile con su escuadra; y no pocas decepciones con su propio ejército, enervado durante la obligada inacción bélica de aquel intervalo, tan breve sin embargo. Pronto comprendió la necesidad de dar otra base al gobierno, aunque no se le ocultaban sus inconvenientes, porque advertía sin esfuerzo las tendencias vernáculas aspirantes al mando. Todo ello acentuaba en su espíritu el deseo vehemente de terminar. Pensó de nuevo en un plan de monarquía constitucional como medio de dejar establecido un sistema capaz en su concepto de afianzar el orden, pero pronto lo desechó. No era hombre de consumirse en cavilaciones y en el mes de diciembre estaba resuelto a imprimir un rumbo cierto a su actuación y decretaba la convocación del Congreso peruano. Es que por sobre todas las cuestiones predominaba su objetivo primordial: la razón de ser de su empresa libertadora. Debía resolver sobre los medios necesarios para obtener la decisión. La batalla de América no estaba aún concluida y ése era el hecho principal. Una conclusión se imponía netamente a su espíritu y era que con los propios recursos, insuficientes, no iba a terminar con el ejército del virrey. Estaba, por cierto, convencido de que fuesen cuales fuesen las vicisitudes que sobrevinieran, la independencia era ya irrevocable, pero entendía como un deber sagrado evitar a los pueblos la desgracia de prolongar la guerra. Tenía, pues, que resolver este problema militar y comprendió que su decisión sólo podía alcanzarla ligándolo a la etapa final de la guerra de la emancipación americana. Desde el norte habían avanzado sobre el sur de Colombia y el Ecuador las armas de Simón Bolívar, triunfante en la batalla de Carabobo, casi al mismo tiempo en que San Martín entraba en Lima; pero se hallaban paralizadas en Pasto donde los realistas habían organizado una defensa formidable. El general Sucre debió trasladarse por mar hasta Guayaquil, con tropas colombianas, para atacar desde el sur al capitán general Aymerich y tratar de reducir este otro núcleo de la resistencia; pero sus fuerzas eran relativamente escasas; y aparecía difícil al joven general venezolano la obtención de su cometido. Por eso se había dirigido a San Martín en mayo de 1821 pidiéndole su cooperación en la campaña que iba a abrir sobre Quito. Los hechos estaban indicando, pues, la necesidad de esa cooperación en la que también meditaba el Protector del Perú para la resolución de su propio problema. Sucre, derrotado en la batalla de Huachi, le había reiterado en octubre, con grande apremio, aquel pedido; y San Martín, que había organizado una división en Trujillo, decidió concurrir a la lucha en que se decidiría la libertad del Ecuador. Hacía tiempo que mantenía relaciones epistolares con Bolívar. Desde Pisco, apenas desembarcado en el Perú, le escribió una carta que el Libertador de Colombia contestó manifestando: “Este momento lo había deseado con toda mi vida; y sólo el de abrazar a V.E. y el de reunir nuestras banderas puede serme más satisfactorio”. Después de Carabobo, en agosto de 1821, Bolívar le escribía: “V.E. debe creerme: después del bien de Colombia nada me ocupa tanto como el éxito de las armas de V.E., tan dignas de llevar sus estandartes gloriosos dondequiera que haya esclavos que se abriguen a su sombra”. Y por fin, el 15 de noviembre, desde Bogotá, apoyaba la instancia de Sucre y le pedía enviase una división a Guayaquil para oponerse con las fuerzas de Colombia a los nuevos esfuerzos del enemigo. Era, pues, manifiesta la necesidad de una cooperación militar cuya trascendencia dominaba a las otras cuestiones que preocupaban su ánimo. Por eso en el mes de febrero de 1822, al mismo tiempo que autorizaba la marcha al Ecuador de la columna que iría en auxilio de Sucre, 1.300 hombres al mando del coronel Andrés Santa Cruz, decidió ir a entrevistarse con Bolívar, que había anunciado viajar hasta Guayaquil. Dejó encargado del mando a Torre-Tagle y expresó públicamente los motivos de su viaje: “La causa del Continente Americano me lleva a realizar un designio que halaga mis más caras esperanzas. Voy a encontrar en Guayaquil al Libertador de Colombia. Los intereses generales del Perú y de Colombia, la enérgica terminación de la guerra y la estabilidad del destino a que con rapidez se acerca la América hacen nuestra entrevista necesaria ya que el orden de los acontecimientos nos ha constituido en alto grado responsables del éxito de esta sublime empresa”. La entrevista no pudo realizarse porque Bolívar fue retenido por urgencias de la guerra; pero de todos modos sería San Martín quien iniciaría aquella indispensable cooperación. A principios de febrero la división auxiliar penetraba en las provincias ecuatorianas de Loja y Cuenca y se incorporaba a las fuerzas del general Sucre. Poco después, en dos batallas memorables, la de Río Bamba, el 21 de abril, y la de Pichincha

el 24 de mayo, se lograba la capitulación de Aymerich y las huestes patriotas se apoderaban de Quito. Bolívar, que había obtenido una ardua victoria en Bomboná sobre los realistas de Pasto, entró recién a mediados de junio a la capital del Ecuador.

11.- La entrevista de Guayaquil

San Martín se dirigió de nuevo hacia Guayaquil con el mismo objeto anunciado para la malograda entrevista de febrero. Había embarcado en la goleta “Macedonia”, que arribó el 25 de julio a la isla de Puná, a la entrada del golfo, y allí recibió el anticipado saludo de Bolívar, presente en Guayaquil desde unos días antes. El Libertador de Colombia había aprovechado su tiempo y resuelto perentoriamente la incorporación a su dominio de la provincia de Guayaquil, cuya Junta de Gobierno después de proclamar la autonomía en 1820 buscaba la unión con el Perú. Por eso en la carta que acompañó al saludo invitaba a San Martín a descender a la ciudad para recibirlo “en el suelo de Colombia”. Era un avance típico del temperamento y los procedimientos de Bolívar, el cual se anticipó con habilidad y firmeza a producir el hecho consumado que opondría después a los propósitos del Protector del Perú sobre la conveniencia de permitir a Guayaquil la libre determinación de su destino. Vale la pena recordar esa carta, primorosa y cálida expresión de amistad: “Con suma satisfacción, dignísimo amigo, doy a usted por primera vez el título que ha mucho tiempo mi corazón le ha consagrado. Amigo le llamo y este nombre será el que debe quedarnos por la vida porque la amistad es el único título que corresponde a hermanos de armas, de empresa y de opinión. Tan sensible me será que no venga a esta ciudad como si fuéramos vencidos en muchas batallas; pero no, no dejará burlada la ansia que tengo de estrechar en el suelo de Colombia al primer amigo de mi corazón y de mi patria. ¿Cómo es posible que venga usted de tan lejos para dejarnos sin la posesión efectiva en Guayaquil del hombre singular que todos anhelan conocer y si es posible tocar? No es posible. Yo espero a usted y también iré a encontrarle donde quiera esperarme; pero sin desistir de que nos honre en esta ciudad. Pocas horas como usted dice bastan para tratar entre militares; pero no serían bastantes esas mismas para satisfacer la pasión de amistad que va a empezar a disfrutar de la dicha de conocer el objeto caro que amaba sólo por la opinión, sólo por la fama”. Al día siguiente San Martín desembarcaba en Guayaquil. Se le había preparado alojamiento en una casa frente al muelle y en ella le aguardaba Bolívar, de gran uniforme, y acompañado de su Estado Mayor. Al acercarse San Martín, cuenta el coronel Rufino Guido que se hallaba presente, el Libertador de Colombia se adelantó unos pasos y alargando la diestra dijo: “Al fin se cumplieron mis deseos de conocer y estrecharla mano del renombrado general San Martín”. Subieron juntos hasta el salón principal y hubo allí presentaciones y saludos efusivos; pero poco después San Martín y Bolívar se encerraron para conversar a solas durante una hora y media. Después de esta conferencia Bolívar se retiró de la casa y San Martín que debió seguir cumplimentando a las gentes empeñadas en saludarle, retribuyó horas después el saludo del Libertador de Colombia trasladándose a la residencia de éste donde volvieron a hablar a solas aunque muy brevemente. Cuando retornó a su alojamiento, agrega Guido, acercándose la hora de comer lo hizo sin más compañía que la de sus edecanes y el oficial de la escolta, y por la noche recibió otras visitas entre ellas, algunas de señoras. Al día siguiente, 27 de julio, San Martín volvió a entrevistarse con Bolívar; pero esa misma mañana dio orden que le arreglaran su equipaje y estuviera todo listo en la Macedonia para regresar al Perú, pues pensaba embarcarse a las once de la noche. La nueva conversación se realizó en la residencia de Bolívar desde la una hasta las cinco de la tarde y, como la anterior, encerrados en un salón y sin testigos. Cuando terminaron la casa estaba llena de generales y personajes invitados por el Libertador a un gran banquete que ofrecía en honor del Protector del Perú. Al final del convite Bolívar alzó su copa y exclamó: “Brindo, señores, por los dos hombres más grandes de la América del Sur, el general San Martín y yo”. San Martín contestó: “Por la pronta terminación de la guerra, por la organización de las nuevas repúblicas del continente americano y por la salud del Libertador”. Hubo después un baile y el general debió participar de la fiesta hasta que a medianoche llamó a Guido y le dijo: “Vamos, no puedo soportar este bullicio”. Advertido Bolívar lo acompañó a retirarse sin ser notado y ambos se dirigieron directamente al muelle donde se despidieron para siempre. San Martín embarcó en un bote de la Macedonia y apenas llegó a bordo la goleta levó sus anclas y se hizo a la vela. ¿De qué se había tratado en la famosa entrevista? Durante años quedó guardado lo que dio en llamarse el secreto de Guayaquil y se tejieron conjeturas o inventaron hipótesis diversas, porque del encuentro entre San Martín y Bolívar sólo se supo entonces ciertamente que aquél había resuelto eliminarse de la escena americana dejando al Libertador de Colombia la tarea de concluir con las últimas fuerzas realistas en el Perú. Pero el misterio se disipó en 1844, Gabriel Lafond de Lurcy, un marino francés que solicitó y obtuvo de San Martín informaciones y documentos sobre su actuación en la guerra de la emancipación americana, publicó en la obra “Voyages autour du monde et voyages cèlebres. Voyages dans les deux Amériques”, el texto de una carta que San Martín dirigió a Bolívar el 29 de agosto de 1821, de vuelta en Lima una vez realizada la entrevista de Guayaquil y cuando el general ultimaba los preparativos para reunir al Congreso del Perú ante el cual resignaría su cargo de Protector. La carta que publicó Lafond fue traducida y publicada por Juan Bautista Alberdi en 1844, viviendo aún el general San Martín, y decía así: “Lima, 29 de agosto de 1821. “Excmo. señor Libertador de Colombia, Simón Bolívar. “Querido general: Dije a usted en mi última del 23 del corriente que habiendo reasumido el mando Supremo de esta república, con el fin de separar de él al débil e inepto Torre-Tagle las atenciones que me rodeaban en el momento no me permitían escribirle con la atención que deseaba; ahora al verificarlo no sólo lo haré con la franqueza de mi carácter sino con la que exigen los altos intereses de la América. “Los resultados de nuestra entrevista no han sido los que me prometía para la pronta terminación de la guerra. Desgraciadamente yo estoy íntimamente convencido o que no ha creído sincero mi ofrecimiento de servir bajo sus órdenes, con las fuerzas de mi mando, o que mi persona le es embarazosa. Las razones que usted me expuso de que su delicadeza no le permitiría jamás mandarme, y que aun en el caso de que esta dificultad pudiese ser vencida estaba seguro que el Congreso de Colombia no autorizaría su separación del territorio de la república, permítame general, le diga no me han parecido plausibles. La primera se refuta por sí misma. En cuanto a la seguida estoy muy persuadido la menor manifestación suya al Congreso sería acogida con unánime aprobación cuando se trata de finalizar la lucha en que estamos empeñados con la cooperación de usted y la del ejército de su mando y que el honor de ponerle término refluirá tanto sobre usted como sobre la república que preside. “No se haga usted ilusiones, general. Las noticias que tiene de las fuerzas realistas son equivocadas: ellas montan en el Alto y Bajo Perú a más de 19.000 veteranos, que pueden reunirse en el espacio de dos meses. El ejército patriota, diezmado por las enfermedades, no podrá poner en línea de batalla sino 8.500 hombres, y de éstos una gran parte reclutas. La división del general Santa Cruz cuyas bajas según me escribe este general no han sido reemplazadas a pesar de sus reclamaciones en su dilatada marcha por tierra, debe experimentar una pérdida considerable, y nada podrá emprender en la presente campaña. La división de 1.400 colombianos que usted envía será necesaria para mantener la guarnición del Callao y el orden en Lima. Por consiguiente, sin el apoyo del ejército de su mando, la operación que se prepara por Puertos Intermedios no podrá conseguir las ventajas que debían esperarse, si fuerzas poderosas no llaman en la atención del enemigo por otra parte y así la lucha se prolongará por un tiempo indefinido. Digo indefinido porque estoy íntimamente convencido que sean cuales fueren las vicisitudes de la presente guerra, la independencia de la América es irrevocable; pero también lo estoy de que su prolongación causará la ruina de sus pueblos, y es un deber sagrado para los hombres a quienes están confiados sus destinos, evitar la continuación de tamaños males. “En fin, general; mi partido está irrevocablemente tomado. Para el 20 del mes entrante he convocado el primer congreso del Perú y al día siguiente de su instalación me embarcaré para Chile convencido de que mi presencia es el solo obstáculo que le impide a usted venir al Perú con el ejército de su mando. Para mí hubiese sido el colmo de la felicidad terminar la guerra de la independencia bajo las órdenes de un general a quien América debe su libertad. El destino lo dispone de otro modo y es preciso conformarse. “No dudando que después de mi salida del Perú el gobierno que se establezca reclamará la activa cooperación de Colombia y que usted no podrá negarse a tan justa exigencia, remitiré a usted una nota de todos los jefes cuya conducta militar y privada pueda ser a usted de alguna utilidad su conocimiento. “El general Arenales quedará encargado del mando de las fuerzas argentinas. Su honradez, coraje y conocimiento, estoy seguro lo harán acreedor a que usted le dispense toda consideración. “Nada diré a usted sobre la reunión de Guayaquil a la república de Colombia. Permítame, general, que le diga que creí no era a nosotros a quienes correspondía decidir este importante asunto. Concluida la guerra los gobiernos respectivos lo hubieran transado sin los inconvenientes que en el día pueden resultar a los intereses de los nuevos estados de Sud América. “He hablado a usted, general, con franqueza, pero los sentimientos que expresa esta carta quedarán sepultados en el más profundo silencio; si llegasen a traslucirse, los enemigos de nuestra libertad podrían prevalecerse para perjudicarla, y los intrigantes y ambiciosos para soplar la discordia. “Con el comandante Delgado, dador de ésta, remito a usted una escopeta y un par de pistolas juntamente con el caballo de paso que le ofrecí en Guayaquil. Admita usted, general, esta memoria del primero de sus admiradores. “Con estos sentimientos y con los de desearle únicamente sea usted quien tenga la gloria de terminar la guerra de la independencia de la América del Sud, se repite su afectísimo servidor. JOSÉ DE SAN MARTÍN.” En esta carta se establecía con escueta precisión el objeto fundamental de la entrevista, que no fue otro sino el de la pronta terminación de la guerra o sea el problema para el cual, según decía Bolívar, repitiendo palabras del propio San Martín al anunciarle su visita, bastaban pocas horas para tratar entre militares. Y pocas horas estuvieron realmente en Guayaquil los dos Libertadores conferenciando sobre ese problema de la cooperación que San Martín fue a pedir a Bolívar. Recordábase en ella, además, el verídico planteo que debió hacer San Martín al referir la situación militar existente en el Perú y exponer el plan final de la campaña.

Era indispensable, para conseguir las ventajas esperadas, el apoyo del ejército de Bolívar. Los 1.400 hombres que éste ofreció al Protector apenas bastaban para mantener el orden en Lima y atender la guarnición del Callao. La operación planeada consistía en desembarcar una fuerte división en Puertos Intermedios, seguramente en Arica, para atacar directamente sobre el centro adversario dislocando la conexión de los realistas de la Sierra con los del Alto Perú, que a su vez serían hostigados desde la frontera argentina por tropas que el propio San Martín había gestionado se movieran oportunamente en tal sentido. Pero para obtener una decisión victoriosa final era necesario que fuerzas poderosas, en el caso del ejército de Colombia, invadieran la Sierra por Pasco y derrotaran o aferraran en el valle de Jauja a las que allí tenía concentradas el virrey, para evitar su unión con las atacadas de frente por la expedición de los Puertos Intermedios. La insuficiencia del ejército del Perú era evidente y números precisos lo demostraban. Existía, además, la experiencia concluyente de otras tentativas realizadas contra el enemigo que fracasaron por esa inferioridad, como la primera expedición de Miller y la reciente de Gamarra, derrotado en Ica no sólo por sus errores militares sino por la notoria escasez de efectivos. San Martín desarrolló, pues, ante Bolívar un amplio plan militar para concluir la guerra, evitando su dolorosa prolongación. Realizarlo era un deber sagrado. Además era la gloria del triunfo final; el honor de poner término a la cruenta campaña de la independencia. Pero Bolívar opuso objeciones diversas y tenaces que San Martín rebatió una por una, según se desprende de su carta, y llegó a ofrecerle combatir bajo sus órdenes con tal de obtener la ansiada cooperación. Tampoco aceptó Bolívar y entonces se persuadió San Martín que aquella gloria y ese honor no podían ser compartidos, que su persona era el obstáculo. En su espíritu debió surgir súbitamente la determinación de removerlo y se resolvió con su certera rapidez de apreciación y la enérgica entereza con que sabía movilizar su voluntad. Pensó desde ese instante en su alejamiento como una solución impuesta por las circunstancias, aceptándolo con ese estoicismo del deber que él llamaba acatamiento del destino y que siempre le impelía inexorablemente a cumplirlo hasta el fin.

Sin duda anticipó ese propósito a su interlocutor, pues éste lo hizo saber, junto con otros detalles de la entrevista, al vicepresidente de Colombia, general Santander, en una carta que le envió el 29 de julio, desde Guayaquil, dos días después de haber emprendido San Martín su regreso al Perú; pero también le instaría a reservarlo con el mismo recato con que él prefería eliminarse sin hacer alarde de un sacrificio cuyo precio iba a ser la terminación de la guerra de América. Esto fue lo esencial de la entrevista de Guayaquil. Seguramente se habló sobre otros problemas y la propia carta de San Martín alude al zanjado por Bolívar cuando resolvió disolver a la junta de gobierno de Guayaquil e incorporar a Colombia su territorio; y se hablaría entre otras cosas sobre sistemas de gobierno para las naciones recién creadas y la controversia sobre el proyecto monárquico que el mismo Bolívar en la carta a Santander calificaba de “proforma”. El propio San Martín, cinco años después, estando en Bruselas, escribió al general Miller el 19 de abril de 1827 una carta en la cual refiriéndose a la entrevista con Bolívar le decía: “En cuanto a mi viaje a Guayaquil él no tuvo otro objeto que el de reclamar del general Bolívar los auxilios que pudiera prestar para terminar la guerra del Perú; auxilio que una justa retribución (prescindiendo de los intereses generales de América) lo exigía por los que el Perú tan generosamente había prestado para libertar el territorio de Colombia. Mi confianza en el buen resultado estaba tanto más fundada, cuanto el ejército de Colombia, después de la batalla de Pichincha se había aumentado con los prisioneros y contaba 9.600 bayonetas; pero mis esperanzas fueron burladas al ver que en mi primera conferencia con el Libertador me declaró que haciendo todos los esfuerzos posibles sólo podría desprenderse de tres batallones con la fuerza total de 1.070 plazas. Estos auxilios no me parecieron suficientes para terminar la guerra, pues estaba convencido que el buen éxito de ella no podía esperarse sin la activa y eficaz cooperación de todas las fuerzas de Colombia; así es que mi resolución fue tomada en el acto creyendo de mi deber hacer el último sacrificio en beneficio del país. Al siguiente día y a presencia del vicealmirante Blanco dije al Libertador que habiendo convocado el congreso para el próximo mes el día de su instalación sería el último de mi presencia en

el Perú, añadiendo: ahora le queda a usted, general, un nuevo campo de gloria en el que va a poner el último sello a la libertad de la América. (Yo autorizo y ruego a usted escriba al general Blanco a fin de ratificar este hecho.) A las dos de la mañana del siguiente día me embarqué habiéndome acompañado Bolívar hasta el bote y entregándome su retrato como una memoria de lo sincero de su amistad; mi estadía en Guayaquil no fue más de 40 horas, tiempo suficiente para el objeto que llevaba”. Por fin, en otra carta, dirigida el 11 de septiembre de 1848 desde Boulogne-sur-Mer, al mariscal Ramón Castilla, presidente del Perú, aludía también San Martín al asunto de Guayaquil y le decía: “He ahí, mi querido general. un corto análisis de mi vida pública seguida en América; yo hubiera tenido la más completa satisfacción habiéndole puesto fin con la terminación de la guerra de la independencia del Perú pero mi entrevista en Guayaquil con el general Bolívar me convenció, no obstante sus promesas, que el solo obstáculo de su venida al Perú con el ejército de su mando, no era otro que la presencia del general San Martín, a pesar de la sinceridad con que le ofrecí ponerme a sus órdenes, con todas las fuerzas de que yo disponía. “Si algún servicio tiene que agradecerme la América es el de mi retirada de Lima, paso que no sólo comprometía mi honor y reputación sino que era tanto más sensible cuanto que conocía que con las fuerzas reunidas de Colombia la guerra de la independencia hubiera terminado en todo el año 23. Pero este costoso sacrificio y el no pequeño de tener que guardar un silencio absoluto (tan necesario en aquellas circunstancias) por los motivos que me obligaron a dar este paso, son esfuerzos que usted podrá calcular y que no está al alcance de todos el poder apreciarlos”.

12.- El renunciamiento

Cuando San Martín regresó a Lima habían ocurrido allí sucesos profundamente desagradables. La ausencia del Protector había sido propicia, al parecer, al estallido de sordos rencores acumulados desde un principio contra el ministro Monteagudo, pero que en realidad alcanzaban a todo el régimen protectoral. El antiguo revolucionario de Mártir o Libre era mirado ahora como un seide siniestro del despotismo; y sus ideas de gobierno como el símbolo de la reacción. Se le acusaba de ser un misántropo orgulloso que consideraba a la capital como una propiedad de conquista y se le odiaba como responsable de las persecuciones que debieron sufrir españoles de antiguo arraigo y extensas vinculaciones en la sociedad del Perú; achacábasele falta de consideración a los elementos locales y se le tenía por el principal sostenedor de un plan monarquista. Era, pues, Monteagudo la cabeza de turco contra la que se dirigieron los golpes de una extensa conspiración que, en definitiva, exteriorizaba en sus promotores, dirigidos por el peruano José Riva Agüero, no sólo el descontento contra un ministro, sino la ansiedad de llegar al gobierno y sustituir un régimen que algunos estimaban sencillo reemplazar. Lo cierto es que mientras San Martín estaba en Guayaquil el delegado Torre- Tagle debió ceder ante las exigencias de los amotinados, cuyo triunfo se alcanzó asimismo por la absoluta impasibilidad asumida en la emergencia por el general Alvarado, comandante en jefe del ejército. Monteagudo tuvo que dejar su ministerio y el país. Pero San Martín volvía de la entrevista con Bolívar con su resolución tomada y aquellos sucesos sólo pudieron servir para fortalecerla. Debieron, sin embargo, llevar a su espíritu ese momento de acibarada congoja que produce siempre la ingratitud, aun en el ánimo de los fuertes. El Congreso del Perú se reunió solemnemente el 20 de septiembre y ante él declinó San Martín la investidura que se había impuesto un año antes devolviendo la banda bicolor que era su símbolo, y les dijo entonces a los representantes: “Al deponer la insignia que caracteriza el jefe Supremo del Perú no hago sino cumplir con mis deberes y con los votos de mi corazón. Si algo tienen que agradecerme los peruanos es el ejercicio del poder que el imperio de las circunstancias me hizo aceptar”. Y en una proclama de ese mismo día recordó: “Mis promesas para con los pueblos en que he hecho la guerra están cumplidas: hacer la independencia y dejar a su voluntad la elección de sus gobiernos. La presencia de un militar afortunado, por más desprendimiento que tenga, es temible a los Estados que de nuevo se constituyen”. Aquella misma noche se embarco en el puerto de Ancón rumbo a Chile.

En la cumbre de la cordillera después de haber ascendido por el camino del Portillo y allí donde se abre un ríspido cajón llamado del Manzano, hallábase una mañana de fines de enero de 1823 un antiguo oficial del ejército de los Andes. Acababa de levantarse el sol e iluminaba con todo su esplendor el grandioso panorama de piedra que descendía hacia Occidente. Ascendiendo la cuesta lentamente veíase una pequeña caravana que al cabo llegó a distinguirse con nitidez. El oficial era don Manuel de Olazábal y pronto advirtió que quien se acercaba era aquel a quien había ido a esperar anheloso de ser el primero en saludarle al pisar de nuevo tierra argentina; el caballero que presidía la caravana era el generalísimo del Ejército del Perú. “El general San Martín, -escribió Olazábal al relatar la escena años después,- iba acompañado de un capitán y dos asistentes; dos mucamos y cuatro arrieros con tres cargueros de equipaje. Cabalgaba una hermosa mula zaina con silla de las llamadas húngaras y encima un pellón, y los estribos liados con paño azul por el frío del metal. Un riquísimo guarapón (sombrero de ala grande) de paja de Guayaquil cubría aquella hermosa cabeza en que había germinado la libertad de un mundo y que con atrevido vuelo había trazado sus inmortales campañas y victorias. El chamal chileno cubría aquel cuerpo de granito endurecido en el vivac desde sus primeros años. Vestía un chaquetón y pantalón de paño azul, zapatos y polainas y guantes de ante amarillos. Su semblante decaído por demás, apenas daba fuerza a influenciar el brillo de aquellos ojos que nadie pudo definir.” Cuando se acercó, Olazábal se precipito hacia él y lo abrazó por la cintura, deslizándose de sus ojos abundantes lágrimas. El general le tendió el brazo izquierdo sobre la cabeza y lleno de emoción sólo pudo decirle: “¡Hijo!” Así regresaba a la patria, cruzando por última vez la cordillera de los Andes, el que hacía seis años la había tramontado en sentido inverso al frente de aquel valeroso ejército formado por él en Mendoza y cuyas victorias dieron la libertad a Chile para llenar después el grande objetivo de su empresa continental proclamando en Lima la independencia del Perú. Pero ésta era ya, con ser tan reciente, la gloria pasada. El melancólico regreso iniciaba el camino del renunciamiento que él había elegido, y muy pocos comprendieron entonces la grandeza moral de esa elección, signo indudable de la autenticidad de aquella gloria.

Estaba satisfecho y seguro de su gesto, que fue en síntesis otra impronta de su carácter, actitud similar a cuantas debió asumir en los más graves trances de opción durante su vida pública. Había sido fiel consigo mismo y ello importaba haber sido fiel a la misión que quiso realizar en América. Estaba cierto que el sacrificio de su retiro iba a ser un bien para América porque anticipaba de acuerdo con las circunstancias sobrevenidas la hora de su independencia y esto le bastaba y le complacía inmensamente; si él había llegado a ser un obstáculo para que el Libertador de Colombia diera el golpe final a los matuchos, no iba a ser él quien siguiera siendo obstáculo un solo día más. Comprendía también que pocos habrían de entenderle. Solamente con Guido, durante su última noche del Perú, había tenido un arranque confidencial: ¿acaso no podía haber afrontado la intransigencia de Bolívar? ¿Qué le habría costado meter en un puño a Riva Agüero y los demás secuaces que daban pábulo a calumniosas especies? ¿Quién le hubiera impedido a él, si hubiera querido, afianzar en la fuerza ese despotismo de que se le acusaba? ¡No! Él no iba a dar ese día de zambra al enemigo. Él había venido a libertar a la América y no a hacerle el juego a la guerra civil ni quiso nunca ser rey ni emperador ni demonio, como le escribió una vez, explosivamente indignado, al buen amigo O’Higgins. Años después, en 1827, le escribiría a Guido, volviendo sobre el amistoso debate que éste le reabría constantemente: “Serás lo que debes ser o no eres nada” y le decía que confiaba en el juicio de la historia, a la cual dejaría discernir sobre sus documentos, después de su muerte, acerca de las causas que le movieron a retirarse del Perú: “Usted me dirá que la opinión pública y la mía particular están interesadas en que estos documentos vean la luz en mis días: varias razones me acompañan para no seguir este dictamen, pero sólo le citaré una: la de que lo general de los hombres juzgan de lo pasado según la verdadera justicia y lo presente según sus intereses”. El había sido lo que debió ser. En sus maletas del regreso traía el estandarte de Pizarro, y este ilustre despojo era una prenda y un símbolo para José de San Martín, Libertador del Perú.

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